¿Te arrepientes de ser terrorista?

Alberto Fujimori

No, por supuesto. Tú no te arrepientes porque no eres un caído del guabo. No te arrepientes porque el ministro de Interior te llama “señor expresidente” y el presidente actual te manda saludos con tu hija. No te arrepientes, Alberto Kenya Fujimori, porque no eres un noble japonés sino un criollo pendejo.

¡Por qué te vas a arrepentir si nadie te llama terrorista y, además, sobre el país ha caído tal flujo de amnesia que, a lo máximo, se dice que diste órdenes solamente, pero no ejecutaste ningún crimen. Voy a hacerte recordar uno de ellos:

Durante tu gobierno, una mañana lluviosa llegaste al aeropuerto de Lima en un avión militar. Ante los periodistas allí reunidos, narraste lo que habías estado haciendo a bordo. Les contaste que habías viajado con un preso político, que lo tenían atado y que le decían que en cuanto llegaran al mar lo iban a arrojar.

Con tu castellano infame seguido de un carcajeo nipón, agregabas que el hombre se orinaba de miedo. ¿Qué pasó después? ¿Nos puedes decir ahora cómo se llamaba y dónde lo tiraron? ¿Estaba el presidente del Perú torturando y asesinando a un hombre?

…Y los periodistas que te escuchaban no te hicieron ninguna pregunta difícil. No es raro, ¿verdad?

¡Qué bravo eras Fujimori!… Ese hombre que eras no se parece en nada al que durante las noches dice que aún es perseguido por la pesadilla y los fantasmas del profesor y los estudiantes de La Cantuta y de los niños asesinados en una pollada.

Eras un terrorista, Fujimori. Como lo he dicho en otra ocasión, la perversidad y el pánico son los únicos medios “de persuasión” que utiliza un gobierno terrorista. Se explican así las multitudes que bailaban el “son del chino” y forman hoy la banda política que reclama tu indulto, el fujimorismo que censura y detiene la marcha del país. Y sin embargo, tu “partido” es aceptado mientras que los ancianos que solicitan paz y amnistía son calificados de terroristas.

No, Fujimori. Tú fuiste y serás un terrorista. Con el Congreso y los jueces a tus pies, con el satánico apoyo del cardenal Cipriani y con periodicuchos de calatas pagados con nuestro dinero, manejaste los controles del pánico y formaste en el pueblo una mentalidad propicia a aceptar el infierno. Así formaste un clima de sospecha (que persiste) en el que todos debemos probar que no somos terroristas ni antipatriotas. En esas condiciones, unos se rebelan, otros callan y muchos aplauden.

Supuestamente, el objetivo de tu gobierno era exterminar el terrorismo. Terrorista, sin embargo, podía ser considerado un universitario, un abogado defensor, un sacerdote o monja que hace tarea social, un dirigente de sindicatos, un periodista o el miembro de cualquier partido de izquierda. Las pruebas incriminatorias son fáciles de fabricar.

Por eso, al pasar la dictadura, la gente que ha visto los cadáveres calcinados de los universitarios y que sabe de los miles de campesinos ejecutados en los Andes justifica cualquier perversidad con el estribillo de que así Fujimori acabó con el terrorismo.

¿Te arrepientes de ser terrorista? Esa pregunta que debería ser lanzada contra ti en primer término es escupida ahora por una mesnada de hombres de prensa que se ha pasado la semana persiguiendo, humillando, maltratando y burlándose de una mujer que salía de la cárcel luego de haber vivido allí 25 años, la mitad de su vida.

Nunca en toda mi vida he visto tanta perversidad ejercida contra una mujer. Nunca he visto tanta cobardía ni tanta misoginia.

Nunca he visto tanto conservador entre personas que no tienen nada que conservar ni jóvenes que acompañen con tanto fervor la persecución de una mujer torturada. No me extraña que entre los jóvenes haya tantos problemas de virilidad.

Como diría César Hildebrandt, has emputecido al Perú, Fujimori. No sé si alguna vez te arrepentirás, pero ahora somos nosotros quienes tenemos que exorcizar tu recuerdo y ante el miedo impuesto por leyes tan feroces como la de la apología que todavía subsisten, tenemos que superar el pánico y tratar de vivir con valentía como se debe vivir en un país democrático y decente.