Sonia, ser mujer y pobre en el Perú

Sonia, ser mujer  y pobre en el Perú

A Sonia Muñoz la sacaron de su casa cuando eran las dos de la mañana. Se necesitaron ocho efectivos militares para consumar el secuestro. Tal vez fue así porque, a pesar de sus 40 kilos, era una supermujer o acaso porque ellos eran infrahombres.

Tras abandonar el domicilio, el grupo se dirigió a la base militar de Churcampa, Ayacucho. Allí, Sonia fue sometida a interrogatorio. Luego de desvalijar el pequeño tambo que ella poseía y no contentos con las míseras pertenencias que habían encontrado allí, la torturaron y amenazaron de muerte para que revelara los nombres de los “terroristas” de la zona.

En vista de que ella no sabía ni siquiera de qué asunto le hablaban, la trasladaron a la base militar de Castropampa, cerca de Huanta. Allí le practicaron torturas más refinadas. Un individuo sádico a quien llamaban “el capitán” ordenó que la colgaran de los brazos y la sometieran a descargas eléctricas en el vientre y la espalda.

Pasaron varios días de hambre, privación del sueño y maltratos repetidos. Cuando el capitán se dio cuenta de que no podía sacarle secreto alguno pues era absolutamente inocente, ordenó que la llevaran de vuelta a su domicilio.

Tal vez en esos momentos impartió una orden secreta.

El vehículo en que la llevaban se detuvo a la altura de la laguna de Pirhuaccocha, donde un efectivo hizo que Sonia se pusiera de cuclillas, le disparó dos balazos en la cabeza y tras verificar que seguía con vida, le disparó otro balazo a la altura del corazón.

Sonia Muñoz es una mujer con buena y con mala suerte. Es afortunada porque sobrevivió. Es desdichada porque ha nacido mujer en un país donde serlo equivale a llevar una marca de vulnerable e indefensa.

Sonia, ser mujer  y pobre en el Perú

Conozco su historia gracias a la información de APRODEH.

Eso ocurrió en 1988. Han pasado 29 años. Durante todo ese tiempo, esta mujer esperó justicia. Y ayer, 14 de diciembre de 2017, se encontró frente a la Sala Penal Nacional para escuchar la sentencia contra Víctor La Vera, jefe de la base militar de Castropampa, quien ordenara las torturas y el fallido asesinato.

Sin embargo, en un fallo increíble, los jueces absolvieron al acusado y establecieron una serie de supuestos que parecen sacados de una novela de García Márquez. Según ellos, La Vera es inocente, el crimen no tuvo lugar ni existen las visibles cicatrices de la víctima. Tal vez, ella misma no ha existido jamás.

Más aún, los jueces dicen que el famoso neurocirujano Esteban Roca, quien constatara las heridas, solamente vio un espejismo. Añaden que Sonia mintió al denunciar los hechos motivada por la desaparición de su hermano Hugo Muñoz. ¿Se acuerdan de él? Fue el profesor de La Cantuta ejecutado por el grupo Colina en 1992.

Esto significa que en 1988 la señora Muñoz había adivinado el bestial asesinato de su hermano que ocurriría cuatro años después.

Es una verdad indiscutible que la campaña de represión contra los grupos armados desembocó en una guerra sucia y en un satánico terrorismo de Estado. En el Perú y en todo el mundo, se sabe que una guerra civil fue convertida en guerra étnica, que decenas de pueblos indígenas fueron arrasados y que el cuartel de Ayacucho se convirtió en un cementerio de los “sospechosos” que no resistieron la tortura.

En el año 2017, el Judicial es el único poder del Estado del cual podemos sentirnos satisfechos. La valentía y la honestidad de los jueces que ponen en la cárcel a los dueños del país o de los fiscales que los investigan nos hacen sentir orgullosos de ser peruanos. Estos, no.

Estos jueces han estado a punto de declarar que Sonia Muñoz no existe. Su infamia nos hace recordar que en el Perú, nacer pobres y mujeres equivale a venir a un mundo sin dignidad ni derechos.