Retorno a clases salva el año escolar, pero no educación pública

Suspendida la huelga, el derrotero de las reformas no tiene un camino plano de continuidad. Queda absolutamente claro que retomar las clases salva el año escolar, pero no la educación pública. Su abandono y postración han quedado al descubierto, al igual que los magros esfuerzos por invertir en ella y la terca permanencia de las brechas sociales.

Por eso no ha funcionado la estrategia de culpabilizar al docente, como no funcionó decirle terrorista, ni tampoco tirarle bombas. Los docentes son el extremo de una cadena de precariedades. Culpabilizarlos y estigmatizarlos es miope y poco ético, porque la responsabilidad de la mala educación es de muchos y, principalmente, de quienes la dirigen. La calidad educativa abarca la integridad del sistema educativo y sus diversos componentes, todos los cuales requieren ser mejorados y evaluados (CLADE, 2017).

En segundo lugar está en entredicho la continuidad de las propuestas de “revaloración” y evaluación docente, incluidas capacitaciones, rúbricas, etc. El docente no puede ni quiere ser tratado como un sub-profesional que aplica mecánicamente pautas de procesos decididos desde arriba. Es preciso modificar radicalmente la concepción que empobrece el currículo, la enseñanza, los aprendizajes y, al final, el propio quehacer docente, para, encima, penalizar al maestro sacándolo de la carrera. Es indispensable colocar en el centro la autonomía, la capacidad crítica e innovadora del maestro y respetar sus derechos y profesionalidad.

En tercer lugar, hoy trastabilla la continuidad de una reforma impuesta, con maestros sometidos. Ella contradice los discursos de participación y diálogo presentes en muchos documentos y es poco factible, porque los maestros se han ido con la frente en alto, cantando, reafirmados en su vocación, más unidos que antes, y dispuestos a volver para seguir peleando por sus demandas pendientes. Enhorabuena. Se abre la posibilidad de un magisterio que sea ajeno a cualquier radicalismo y que se convierta en interlocutor válido en propuestas de política.

Hoy no es suficiente la intermediación de los partidos políticos y las instituciones nacionales, porque la distancia que separa Estado-Sociedad ha crecido al igual que la crisis de representación. Es la hora de los actores sociales para producir cambios sustantivos, incluyendo el reto de convertir la rabia e indignación acumulada de los maestros en energía de cambio. Necesitamos forjar un pacto social amplio por la educación pública, que evite que los decisores tecnocráticos y políticos de siempre insistan en la continuidad de lo mismo.