Remedios sin remedio

Hace años me sorprende la cantidad de farmacias que hay en el Perú: 11 mil según la estadística oficial (cinco mil en Lima). Puede ello deberse a que hay aquí muchos enfermos y también a que las medicinas no son eficaces, por lo cual cada vez hay más fármacos. En algunos barrios populares hay dos y hasta tres por cuadra.

Ahora ha estallado un escándalo por el hecho de que la poderosa empresa chilena Inkafarma ha comprado otro grupo de farmacias, con lo cual resulta monopolizando el 90 por ciento del negocio. Esto no es sano para los enfermos, menos aún para los pobres. El precio es la amenaza. Ayer mismo, un canal de televisión mostró un fármaco que en Inkafarma costaba 15 soles, en una farmacia independiente, nueve soles, y en otra, cinco soles.

¿A quién castiga esa escala de precios? ¡A los más pobres, por supuesto! Eso, el estado actual. ¿Cómo será cuando Inkafarma ejerza su soberanía monopólica en un caso de crisis sanitaria?

Es un problema de peso no solo para el presente individual. Pienso en los remedios que necesitan los once millones de asegurados de EsSalud. Sé que ahí existe un solo proveedor de medicinas, gracias a una concesión irresponsable que, a la luz del escándalo actual, debiera investigarse y anularse.

El neoliberalismo ha permitido que en el Seguro Social, así como en otras instituciones de la Salud, se instale el afán privado por encima del interés colectivo. No se puede dejar organismos que nos cuestan a todos en manos de quienes solo piensan en cuánto hay, cuánto hay para llevarse el 90 por ciento.

El privatismo ha corrompido el carácter social de la medicina. Acá, el egoísmo privatista ha colocado en manos de aseguradoras y bancos la propiedad de clínicas y hospitales. Eso amenaza con una catástrofe la salud de los trabajadores. El problema no es solo el precio de las medicinas, sino por quién y cómo se producen, distribuyen y consumen esas medicinas.

Otro eslabón de la cadena son los grandes laboratorios transnacionales que manejan la salud al compás de sus negocios. Recuerdo un ensayo del director de Salud Mental de los Estados Unidos que señalaba que aquellos financian becas, bolsas de viaje, conferencias, para que los siquiatras recomienden específicos que a lo largo de años suelen ser el mismo con otro nombre. Cuando le mostré el texto en inglés a un siquiatra amigo, me dijo: “Esa es la diferencia con la siquiatría europea. Esta no está encadenada al negocio privado de la salud”.