Quizás hubiera sido mejor hacerle caso

En las salas de redacción la batalla por dar a conocer hechos de relevancia es una tarea de todos los días. En medio de ella se producen polémicas, altercados entre redactores, editores y jefes de redacción. Una tarde de julio de 2008 yo entablé una discusión con Raúl Wiener por una nota acerca de la venta de tierras de la comunidad San Pedro de Lloc.

Había recogido la versión de los comuneros que denunciaban la venta de sus tierras con el aval del gobierno aprista, que las calificaba de eriazas. Además, ellos dejaban constancia de ciertos rumores acerca de la cercanía de Alan Simón García Nores con la empresa Gandules SAC, que había adquirido las tierras.

Raúl quería que yo iniciara la nota citando al hijo del mandatario aprista, yo me oponía a ello porque consideraba que la versión necesitaba de mayores datos, razón por la que incluía esa parte de la versión a mitad del texto. Tras la breve polémica, Raúl aceptó mi planteamiento sin ánimo de reproche, a diferencia de lo que ocurre cuando no se aceptan las versiones del contrario.

La noticia fue un mazazo para el gobierno alanista, pero mi apego a las normas de verificación de las noticias no sirvió de mucho. Tras la publicación, el 20 de julio del 2008, Genaro Vélez, abogado del presidente Alan García, inició una querella judicial en mi contra por supuesta difamación contra García Nores.

En esos días pensé que tal vez hubiera sido mejor hacerle caso a Raúl. Él tenía razones periodísticas y políticas para ubicar la versión sobre García Nores al comienzo del texto, pues eran los tiempos de la prédica del “Perro del hortelano”, en los que la derecha cavernaria en colusión con el régimen aprista apuntaba a liquidar la propiedad de las comunidades nativas.

Yo, por mi parte, consideraba que el tema ameritaba investigarse a profundidad para dar con el hilo de la madeja, un empeño que podría ser un golpe irreparable para el prestigio del régimen de Alan García que se mantenía impasible en su objetivo de destruir las propiedades comunales en el país, un intento que alcanzaría su máxima expresión con la masacre de Bagua.

No volvimos a debatir acerca del tema con Raúl y dimos por sentado que cada uno había puesto su parte de verdad en la decisión. Él con los titulares, y yo con la nota periodística. Entonces se inició un largo proceso judicial que todavía no termina y que me costó dos fallos judiciales en mi contra, en medio del silencio de muchos personajes y de ciertas organizaciones que se reclaman defensoras de la libertad de prensa.

En esas circunstancias encaré el proceso con el solitario apoyo de mi abogado y amigo Benjamín Álvarez. En medio de los avatares judiciales, Raúl y otros colegas expresaron su solidaridad con un fino humor, sabedores de que nos enfrentábamos al poder central, que tenía bajo su mando a jueces domesticados. Durante ciertos interrogatorios los verdugos me preguntaron por el responsable de los titulares de portada y de la nota. Nunca respondí a esas interrogantes, sabiendo que ya Raúl tenía demasiados procesos encima como para preocuparse de una nueva querella.

Me bastaba con su sonrisa irónica y solidaria para saber que estábamos dando la batalla en el diario y que no podíamos rendirnos, por más poderoso que fuera el enemigo de turno.