Quilca: El ángulo de un dolor

Quilca: El ángulo  de un dolor

Se acercaba el final del primer gobierno de Alan García. Sus “amigos” empresarios le habían sacado la vuelta con el dólar MUC, Sendero Luminoso estaba más fuerte que nunca, el MRTA había cocido a balazos al militar López Albújar y yo todavía estaba en shock porque la tele había interrumpido la emisión del “Correcaminospipi” para poner en directo el motín del penal El Sexto y nos metieron por la cara a todos los niños la imagen de un delincuente llamado Pilato acuchillando a un hombre, después de eso, jamás pude volver a ver al “Correcaminospipi” y los quioscos empezaron a mostrar en sus portadas cerebros desparramados de accidentes, muertos y una profusión a escala industrial de culos y tetas. Entraba con muchos problemas a la adolescencia, mi mayor preocupación era que no me saliera otro grano gigante en la nariz, pero con todo lo que pasaba en el país, entre coches bomba, toque de queda y apagones, empecé a notar que el Perú había cambiado para siempre, y no para mejor.

García se vengó de sus antiguos socios y les estatizó la banca, al toque saltaron los liberales (que no sabíamos que existían) y comandados por el ex izquierdista Mario Vargas Llosa hicieron una marcha contra el gobierno para defender la “libertad”. En esa época aún existían cuchumil partidos de izquierda conspirando contra el gobierno y contra ellos mismos también, y la gente sabía quiénes eran los terroristas, incluso la prensa se cuidaba de usar ese adjetivo y no extenderlo a todo aquel que discrepara.

Conectando la ebullición política que se reunía en la Plaza San Martín con el Queirolo y otros bares aledaños en el Centro de Lima, estaba el mítico jirón Quilca. Punto de encuentro del arte contracultural, de sindicalistas y activistas, intelectuales y conspiradores. Un arrejunte maldito que hervía y brillaba entre la humedad de Lima a comienzos de los años ochenta y parte de los noventa. Y en las noches de bohemia, viendo pasar a músicos, poetas y musas uno podía sentirse dentro de un cuadro del mismísimo Víctor Humareda.

En ese ambiente existía, mucho antes que El Averno, una movida contracultural que se articulaba alrededor de la feria de libros y música del jirón Quilca. Era una época en la que no existía Internet y el acceso a la información era complicado, uno estaba a merced de los medios de comunicación, condenado a escuchar la “dictadura de los programadores” de radio y de televisión (salvo Disco Club, el programa de Gerardo Manuel que salvó a muchos desde el canal del Estado). Ni el más frívolo y despistado joven habría soñado que vendría algo como el reaguetón, lo peor que se podría escuchar en las radios en esa época hoy serían genialidades de la música.

Yo era un adolescente de un barrio de policías cuyo colegio estaba siempre amenazado por Sendero Luminoso y mis profesores iban armados a enseñar. Admiraba al pintor Sérvulo Gutiérrez, Los Beatles y al cubano Silvio Rodríguez, en un barrio así era realmente un “marciano” inencajable. Como no se inventaba aún la palabra “nerd” o “freakie” mis amigos solo me decían “loco”. Me sentía raro, hasta que descubrí Quilca.

Quilca atraía lectores de muchas“joyitas” que no hay en librerías.

Quilca atraía lectores de muchas“joyitas” que no hay en librerías.

ME VOY A QUILCA
No iba al colegio y “me tiraba la pera” por ir al Centro de Lima, me metía a las visitas guiadas que tiene el Congreso y la Inquisición, llegué aprenderme de memoria toda la información arquitectónica e histórica de ese tenebroso lugar y me fascinaba. Todavía se podía gozar de algunos derechos que significaba ser estudiante de un colegio nacional, entradas gratis a museos y eventos culturales, pasaje muy barato y pasaba horas en los talleres de pintura casi gratuitos del Museo de Arte, antes que se convirtiera en el MALI.

Un día, casi por casualidad, me fui caminando con mis dibujos y revistas de pintura hasta llegar al jirón Quilca. No era el único “loco”, había un montón y lo más bacán es que había un montón de chicas que también estaban con la sensibilidad a flote. Y los más “tíos” te orientaban, nadie “pulpineaba”, aunque coexistían movidas y corrientes discrepantes, había como cierto código de implícito respeto.

Fue como llegar a un oasis, esa contracultura limeña era popular, punto de encuentro de la “movida subte”, referente para poetas, pintores, grafiqueros, punks, metaleros, rockeros, alternativos, troveros, hippies, folkies y toda una enorme gama de descontentos que se reunían a ser felices, a acompañarse y vencer esa soledad a la que te conmina el sistema.

Sistema que poco a poco la fue asfixiando, sacando la cultura de las calles para arrinconar su feria libertaria en locales en donde los libreros sobrevivieron por un tiempo más hasta la primera década del siglo XXI, como le tocaría también a El Averno, aquel templo contracultural que tomó la posta, fundado por artistas y activistas, pero que también obligaron a cerrar.

Bueno, esa era la Quilca de mis años de adolescente, un paraíso para poder encontrar la música más “caleta” y rebuscada, prendas con estampados que gritaban que el sistema era una mierda, libros de todo tipo y si buscabas bien, encontrabas joyas literarias, primeras ediciones, libros dedicados por sus propios autores, etc.

Solo le hacían competencia los libreros de la avenida Grau que se extendían desde Plaza Grau hasta la Facultad de Medicina de San Fernando. Realmente, si eras un cholo misio, con solo caminar husmear y conversar por Grau y Quilca tenías en un día cátedras de literatura, realidad nacional, historia universal y música. Para muchos jóvenes era más importante saber de verdad que tener un doctorado y, sobre todo, un saber para la transformación.

PELÍCANO
La primera persona que me habló cuando empecé a caminar desorientado por aquel pequeño boulevard fue Javier Raymundo, apodado el “Pelícano”. Parapetado en su stand rodeado de libros, vinilos y casetes piratas era uno de los mejores vendedores que he visto en mi vida. Un joven enjuto, pálido y de ojos buenos, con una prominente y ganchuda nariz que parecía que iba a despegar de su cara. Pelucón, hippie, melómano y afable con todo el mundo; un tiempo vistió de colores y más delante de negro, amigo de todos, sin predilección de géneros musicales o tendencias, amigo de la buena música y no de los prejuicios.

Seguí caminando y desde un stand salió el flaco: “¡Hey, loquito! ¿Qué estás buscando?” Y yo, que recién había llegado e incrédulo de lo que veía, le dije: “No sé”. Se empezó a reír, me abrazó y agregó: “Viniste al lugar correcto”. Me hice un asiduo cliente, conocí amigos, amigas y por ahí, entre mi barrio, mi ingreso a San Marcos y mis visitas a Quilca, dejé todo y me hice músico.

Luego se pusieron de moda Los Mojarras y las telenovelas sociales de Michel Gómez, en las calles los jóvenes de mi generación comenzaban a gritar: “¡Prohibidas las polladas Colina está en las calles!” y nadie se incomodaba, al contrario. Estaba surgiendo el movimiento de jóvenes que fue protagonista de muchas marchas contra la dictadura fujmontesinista. Por cosas de la vida, me fui a vivir al Cusco y cuando regresé a Lima, el jirón Quilca había cambiado para siempre.

Tristemente, cerraron El Averno y recientemente desalojaron a los libreros, Quilca ahora sobrevive por sus bares, no por la cultura y las calles son más inseguras. Ya no hay ninguna movida y el martes falleció el Pelícano Javier, con él se va cerrando una etapa y los recuerdos se nos alborotan, de nostalgia.

Las manifestaciones de dolor y pena se cuentan por cientos en las redes sociales. ¡Y cómo no! Este entrañable compañero, sabiéndolo o no, fue responsable de la formación cultural de varias generaciones. Introdujo a muchos en el universo de la buena música y la buena literatura, no solo poniendo al alcance de todos casetes, vinilos y libros muy difíciles de conseguir (ya sea por los elevados precios o porque no circulaban en el mercado local), sino también por la paciencia y cariño con la que presentaba sus productos. Versaba de música que iban desde jazz, blues, country, folk, trova, rock and roll, alternativo, punk, hasta música clásica; incluso tenía el último concierto de bandas punks que acababan de salir en la movida subte limeña y muchas rarezas más en una época en la que nadie soñaba con Google o Youtube. Te introducía en varios tópicos y sabía de todo un poco, recomendaba libros e iniciaba a muchos en el rock clásico, el boom latinoamericano y los poetas beatnik.

La partida de Javier va cerrando una etapa, cada vez que me miro al espejo me veo en sepia o blanco y negro, el daltonismo de los años que pasan y pesan, la rabia de que las cosas no mejoren, la rabia que se vayan los mejores y nos quedemos con crápulas sonrientes llenos de impunidad en una ciudad cada vez más conservadora e ignorante.

Y viene ganando esta batalla la Lima castañedista, la Lima acorazada del cemento corrupto de obras sin sentido, la Lima neoliberal que desprecia la cultura y la auto organización de la gente. La Lima del libre mercado que promueve la gentrificación expulsando de sus casas a muchos, que protege al gran empresario, pero le da con palo al ambulante; Lima que borra murales artísticos, pero pinta de amarillo la ciudad. Que cierra centros culturales para que retornen la delincuencia y la inseguridad.

Vuela en paz Pelícano y muchas gracias por todo. No nos rendiremos.

Reacciones