Por una izquierda electoralmente competitiva (I)

Mientras los diversos sectores de la izquierda continúan con su eterno debate sobre quién es el elegido o la elegida para conducir esta vieja locomotora, las estrategias planteadas por los rivales políticos empujan la agenda nacional por una dirección ajena a los gustos y disgustos de los colectivos zurdos, que siguen creyendo que sus intereses son realmente los intereses de los trabajadores, amas de casa, empresarios, campesinos, desempleados, jóvenes, mujeres, gay, etc.

Las nuevas generaciones de izquierdistas vienen cometiendo los mismos errores que la vieja guardia, tener una visión mesiánica de la política y profundamente dogmática, además de religiosa. Por otro lado, la derecha y sus aliados, pese a sus debilidades, han sabido aprovechar la realidad vigente y establecer de manera acertada sus alianzas y gozar de ciertos beneficios que les otorga el poder, al tener controlado los poderes del Estado en sus diversos niveles.

De no efectuarse cambios de fondo, las elecciones del 2016 serán igual que las del 2011, 2006 y 2001 (y con los mismos resultados) debido a que la metodología política de la izquierda sigue siendo la misma, siempre enfocada en construir frentes sociales y partidarios carentes de incidencia en la población, además de liderazgos, en muchos casos cuestionados, y pocos recursos económicos e ineficiencia en la organización y movilización de masas. Urge cortar con esta situación.

Un punto de inicio para construir una izquierda electoralmente competitiva consistiría en romper con las taras del pasado y enterrar las viejas ideas, que como una carga pesada la limitan políticamente y evitan el desarrollo político, social y cultural de sus propuestas. Esto implica comenzar con el proceso de jubilación de los viejos cuadros y la promoción de nuevos líderes para que asuman por razones meritocráticas la conducción de las estructuras partidarias y hasta sociales.

En lo que respecta a las ideas, se necesita plantear la posición política zurda frente al mercado, asumiendo que la acumulación económica, su gestión y administración, forman parte de los derechos que todo ciudadano debe acceder. A esto se suma reconocer el protagonismo de la inversión privada, como uno de los tantos actores sociales y políticos, al igual que la inversión pública y mixta, además de un Estado regulador y ajeno al burocratismo partidario. Sin recursos económicos es imposible administrar la política y generar bienestar.