“Piensa mal y acertarás” y te enfermarás

“Piensa mal y acertarás” y te enfermarás

El pensar mal “a priori” es producto de la frustración personal, la rabia, el odio, la envidia, la ira. Todas ellas son emociones tóxicas y dañinas para la salud.

Las redes sociales están haciendo un inventario espontáneo del egoísmo humano. Las otras facetas que, felizmente también tenemos, no aparecen en situaciones dramáticas para los directamente damnificados y conmovedoras para quienes somos moralmente solidarios con quienes las padecen.

Es bueno saber que las historias dramáticas se repiten diariamente aún en situaciones meteorológicas normales. Bastaría repasar el índice de ingresos de la mayoría de las familias de los sectores medios y bajos para comprender, sin leer ningún estudio de una empresa de investigaciones, que la deben estar pasando entre mal y muy mal.

Pero de eso, como no es una emergencia nacional o regional y como no interesa a los dueños del poder, no se habla. O sí, pero cada 4 años, y el show está a cargo de los políticos en campaña para anunciar, con pocos que le creen, que todo va a mejorar. Las elecciones y los elegidos se parecen al cambio de piel de las serpientes: Lucen más lustrosas por un tiempo pero su esencia se conserva intacta.

Los efectos a veces devastadores de los fenómenos naturales no se pueden ocultar pero, siendo la naturaleza la responsable, los poderes públicos se lavan las manos haciendo finta de querer solucionar los problemas creados que no son otra cosa, en la mayoría de los casos, que la desidia de un Estado reducido a su mínima expresión y conducido por ciudadanos que solo creen en el mercado y para los cuales todo planificación suena a extremismo.

Este Estado, ocupado de servir a las grandes corporaciones como si ellos fueran sus electores y su responsabilidad, apoyado por una prensa oportunista y socia de dichas corporaciones, parece incapaz de afrontar retos que requieran imaginación, honestidad, compromiso y, lo que es más doloroso, no son acompañados por la credibilidad ciudadana y raramente potencian las esperanzas.

Esa falta de conexión entre la ciudadanía y sus autoridades ha sido alimentada por décadas de frustraciones e incumplimientos. Pareciera que nadie cree en la buena voluntad del otro. El “piensa mal y acertarás” es, con excepciones por supuesto, un lastimoso dogma nacional.

Un conocido conductor radial se atribuyó con aire triunfal, hace unos días, esa convicción. Parecen ignorar los efectos devastadores que tienen sobre la salud las emociones negativas.

El pensar mal “a priori” es producto de la frustración personal, la rabia, el odio, la envidia, la ira. Todas ellas son emociones tóxicas y las emociones tóxicas reducen la capacidad de reacción del sistema inmunológico. Detrás de cada emoción tóxica hay una enfermedad acechando. No controlarlas, por simple instinto de supervivencia, es como escupir al cielo: el único destinatario es el propio cuerpo.

También es socialmente tóxico, es decir nos envenena a todos, competir por llevarse un envase más de agua embotellada. Agua que es producto de una alienación que durante años se han ocupado los medios de instalar en nuestros cerebros. Tan instalada está que sus consumidores son indiferentes a la abundante información existente denunciando los peligros que representan dichas aguas debido a su envase.

En ese campo de la estupidez humana no estamos solos. La sociedad de consumo todo lo contamina, incluso el arriba mencionado instinto de supervivencia.

Hace poco la fábrica de automotores Volkswagen fue denunciada por no respetar las normas anticontaminantes que deben observarse al producir los vehículos. Unas semanas atrás, otro gigante de la producción automotriz, la francesa Renault, recibió una denuncia similar.

Recientemente se hizo una encuesta entre los potenciales compradores de Volkswagen y Renault y a muy pocos parecía importarles las agresiones al Medio Ambiente de ambas empresas. Parecen sentir y opinar que el problema no les incumbe.

Ese es un tema con la Naturaleza y como hemos perdido contacto con ella son muy pocos, bastantes más que años atrás pero aún insuficientes, los que se consideran concernidos por lo que afecta al hábitat de las especies vivas.

Si aprendiéramos a decir, sintiéndolo realmente: “nosotros”, si pudiéramos decir con igual emoción, “nuestro planeta” o “nuestra vida y la vida de las demás especies”, si pudiéramos darnos cuenta que “nuestros hijos” son todos y cada uno de los seres humanos que vienen cada día a este mundo y que les pertenece tanto como a nosotros, si pudiéramos cambiar parte de nuestro egoísmo por una actitud empática hacia la vida quizás ésta, aunque nunca lo sepamos, adquiriría una dimensión que aún no nos hemos atrevido a soñar.

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