Para que no se repita

Nací en 1997 en la ciudad ayacuchana de Huamanga, la zona más golpeada por el brazo brutal de Sendero Luminoso. Desde muy pequeña escuché las terribles historias que los adultos contaban sobre los tiempos en los que los terroristas pretendían dominar la mente y la vida de todos convirtiéndolos, antes que personas, en carne de cañón, en un instrumento para tomar el poder mediante la violencia.

No viví el terrorismo en carne propia como la mayoría de jóvenes de mi edad, pues cinco años antes que naciera, exactamente el 12 de septiembre de 1992, cayó el Cachetón, Abimael Guzmán, el líder terrorista que mandó asesinar a miles de peruanos que se oponían a su prédica demencial.

Este flagelo no solo trajo muertes, nos dividió como compatriotas, como humanos, nos sumió en el dolor, la violencia, el caos y la inestabilidad. Destrozó los pueblos y aniquiló precisamente a los que decía defender, a las personas más olvidadas por el Estado, a los más necesitados.

En estos días he leído cómo Sendero se había expandido en diversos sectores de la sociedad. Incluso que era financiado con el dinero de una academia preuniversitaria, que Luis Arana Franco, el administrador del centro de estudios, soltó gran información a los valerosos policías de GEIN que finalmente capturaron al Cachetón.

También he visto por la TV que mucha gente, generalmente los más jóvenes, no saben con precisión quién fue Abimael y el daño que le causó al país. El terrorismo no se repetirá cuando exista un verdadero compromiso no solo del gobierno, sino de todos los ciudadanos, de construir de manera constante una memoria colectiva a favor del país, una memoria que impida que se vuelvan a cometer las barbaridades que ocurrieron.

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