Para que nadie lea

Mi país está organizado para que nadie lea. En el Claretiano había una biblioteca en el tercer piso. ¿Genial, no? Pero estaba prohibido subir al tercer piso. Pregunté si podía venir en la tarde y me dijeron que la biblioteca en la tarde era para los chicos de la tarde, que podía usarla en el recreo, en los dos recreos que teníamos. Pero estaba prohibido subir al tercer piso y en esos años, tres sádicos, dos regentes y un cura, nos sometían a torturas por cualquier cosa que les pareciera que debíamos ser torturados.

Pero subí y cuando llegué a la biblioteca, la mujer que vivía hacía doscientos años detrás de la pared que separaba la sala de lectura de muebles de madera cruda y vieja, propia para someter a cristianos ante el santo oficio, de los libros, me dijo: ¡Qué quieres! Quise responderle que si es que esa era la lavandería, pero le dije algo que ella seguramente no esperaba: quiero leer un libro.

Pasada su sorpresa, me dijo ¿cuál? Yo miré a mi alrededor y como no había un maldito libro le dije: No sé, ¿allá atrás de esta pared tiene libros? Me miró como a un absoluto ignorante y me ordenó: Mira en el fichero. ¿Fichero? Sí, una vez me habían enseñado a fichar libros. Abrí un cajoncito, salieron dos murciélagos, tres polillas y una cucaracha. No sabía qué debía buscar. Yo quería un libro, pero la mujer me había puesto a leer fichas. Creo que se compadeció de mi cuando me vio llorando sobre la mesa del fichero.

Me preguntó: ¿Qué has leído?. López Albújar, respondí, Un hombre muy viejo con unas alas muy anchas, El principito, poemas de José María Eguren, cientos de historietas, Mecánica Popular, Vanidades, Cosmopolitan, Un capitán de quince años, cuentos de hadas, el patito feo, Selecciones, unos capítulos de la Odisea, y muchas otras cosas que no recordaba. Me dijo que tenía una colección de literatura latinoamericana. Vargas Llosa, me dio, La ciudad y los perros y me mató. Me senté a leer, la primera línea, y sonó la primera campana. Me dijo que tenía que devolver el libro. Entonces comprendí que alguien había diseñado este país para que nadie lea.