Nunca es tarde, Señor Presidente

Si en un periódico se ha hecho duras críticas de fondo al gobierno, a su falta de resolución, a lo mucho que se ha alejado de lo que esperaban quienes lo eligieron y a su insistencia en dejar el manejo de la cosa pública en manos de tecnócratas para quienes los esquemas son eternos e inmutables; es en este diario, como bien saben y ven a diario nuestros lectores.

Así que no me corresponde el papel de defensor del gobierno y estas reflexiones están motivadas solo por la conciencia de la gran importancia que debe darse no solo al respeto al adversario sino también la preservación de la autoridad y las instituciones constitucionales, como la Presidencia de la República, al que un día se le puede llamar corrupto y al día siguiente golpista, siempre llamándolo solo por su apellido y con tono de desprecio.

No es grato por ello ver el trato muchas veces afrentoso, más allá de la crítica, que casi a diario debe soportar el Presidente de la República que, además, se enorgullece de enfrentar esos embates con espíritu democrático, lo que parece solo alienta a quienes se han enfrascado en una competencia por quien pone el apodo más humillante al gobernante o quien lo trata con mayor desprecio; competencia que llega al extremo delirante tal que a quienes no participan y solo critican en otro tono, sin agravios, los llaman “oficialistas” o “humalistas”.

Desde cierto punto de vista, nadie puede negar que el propio Jefe de Estado es en parte responsable de esta situación y, por tanto, es el principal responsable de ponerle remedio, porque nunca es tarde cuando de reinstalar el respeto a la investidura presidencial y el debate político alturado se trata.

Por eso hay que decirle al Presidente que demuestre que, por el uniforme que ha vestido, es heredero de Bolognesi, Cáceres y Recavarren; lo que implica un temple y un carácter que nunca se pierde. No se deje atropellar ni se refugie en el aislamiento como parece que le aconsejan malos asesores que le hacen mucho daño.

La ingenuidad política propia de quien no ha tenido una vida dedicada a la política es ciertamente una desventaja, pero de ninguna manera puede dar lugar a paralizarse ante los denuestos, como si les tuviera temor, o dejarse arrinconar sin defenderse.

Nunca es tarde para enmendar rumbos y arriesgarse a volcar el curso de una batalla para no salir derrotado. Tome las decisiones que sean necesarias para que el respeto sea, como en otras naciones del continente y el mundo, una norma del cotejo de ideas y posiciones; tome decisiones y hágalas respetar.

Quienes no entienden lo que es la contienda democrática, van a aprender a practicarla si usted se decide y toma las decisiones que correspondan. Hágase respetar, que la ciudadanía sabrá apreciarlo.

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