¡No me pegues!

Castigo infantil maltrato

En la última semana han saltado a los medios varias situaciones de violencia contra niños, niñas y adolescentes. Son las denunciadas, pero no las únicas. Y es que estamos frente a un fenómeno de puertas adentro, naturalizado y asumido como necesario para “amoldar” al niño en un “comportamiento correcto”.

Historias populares como: el árbol torcido; la manzana podrida; con una mano el rigor con la otra el amor; etc. Son parte de los discursos de muchas familias que consideran que los niños no son sujetos de derechos, protección y cuidado, sino plastilinas que hay que modelar, huecos recipientes por llenar, tierras en las que hay que sembrar, para que en el futuro, llegados a la etapa adulta, sean hombres y mujeres de bien. ¿Y qué con su presente?

ANALIZANDO LOS DISCURSOS
En primer lugar, todas las personas somos seres de aprendizaje, pero cada persona aprende de diversas maneras y varias de las formas en que hemos aprendido no siempre han sido las más convenientes o las que mejor han permitido nuestro desarrollo.

Aprender con dolor, maltrato y humillaciones solo deja malos recuerdos, traumas o visiones distorsionadas de moral y buenas prácticas: “Me lavaron la boca con jabón por decir una lisura”; “Me zurraron con un correazo por llegar tarde”; “Me dijeron burra por no entender la tarea”, son aquellas situaciones que al recordar nos provocan una sonrisa forzada, aparente o temblorosa. Lo que sí es común a todas las personas sin importar edad, procedencia, nivel socioeconómico o cultura, es que nos gusta aprender con respeto, con dedicación, con cariño.

PÉGALE A UNO DE TU TAMAÑO
A ningún adulto se le ocurriría pegarle a su empleado porque llegó tarde, pegarle a su esposo porque no quiso tomar su sopa, o gritarle a su madre porque levantó la voz. Eso no sería correcto porque los adultos saben lo que hacen, y si no lo saben tienen todo el derecho de comportarse como lo consideren, aunque dicho comportamiento sea molesto para otros.

Nuestra adultez nos convoca a dialogar, ponernos de acuerdo, expresar nuestro parecer o exigir el respeto que consideramos nos corresponde. ¿Y los niños y niñas? ¿No merecerían el mismo trato? ¿Acaso los consideramos incapaces de darse cuenta de sus actos? Les aseguro que sí podemos lograrlo, que sí es posible poner las reglas con ellas y ellos y hasta establecer las sanciones en caso que alguna de las partes las incumplan. ¿Les parece difícil? Hagan la prueba y no espere que su hijo e hija crezca porque entonces no les hará caso y habrá minado ese respeto, cariño y entrega que todos necesitamos.

La violencia es como una planta parasitaria, que crece y nos envuelve tomando nuestra energía y lo mejor de nosotros en contra de nosotros mismos. Comienza tan pequeña, tan inocente en una sacudida al bebé que llora, un jalón de pelo cuando la niña quiere un capricho, un insulto porque el niño no sacó la nota esperada. Luego los regalos, las propinas, los juegos en computadora parecen arropar esos momentos de ira y compensar los exabruptos. Pero no es así. Cada niño o niña procesará esos castigos y humillaciones de diferente forma, algunos los rechazarán de por vida, otros los repetirán contra los más pequeños o más débiles. Y mientras más se aplica más se acostumbran, hasta el punto de justificarlo plenamente o trasladar la labor del verdugo a otros parientes o a los maestros: Si se porta mal, pégale nomás.

CRIANZA POSITIVA
Probablemente todos los padres y madres en algún momento nos hemos preguntado ¿qué hacer cuando mi hijo tiene un comportamiento inadecuado? ¿Cómo lo educo? A mi juicio, hay un punto de partida que nos dice, nuestros hijos son más que travesuras o errores, son los “otros” seres que hemos traído al mundo, y mientras son niños y niñas y dependan de nosotros necesitan ser apoyados y guiados para alcanzar la autonomía y tomar las mejores decisiones.

Digo otros y no tuyos, porque el reconocimiento del sujeto próximo es indispensable para reflexionar sobre nuestros comportamientos como padres, que asumimos casi naturalmente, que nuestros hijos nos pertenecen. El sentido de propiedad de los padres sobre los hijos, convierte a estos últimos en objetos.

Siendo otro ser humano, es un interlocutor con pensamiento y sentimiento propio. No subestimemos sus capacidades, más bien debemos reconocerlas y potenciarlas. Con otro ser humano, también necesitamos desarrollar empatía y eso significa ponernos en el lugar del otro. Si a nosotros no nos gusta que nos humillen o nos golpeen, le aseguro que a su hijo e hija, tampoco le gusta.

LA LEY 30403
En diciembre del 2015 se promulgó en el Perú la ley que prohíbe el castigo físico y humillante contra los niños y niñas, todo un logro en una sociedad que es tolerante con la violencia y con un sistema de justicia débil para protegerlos y defenderlos. La ley se creó no solo como un freno de situaciones de crueldad en los hogares, escuelas, comunidades y cualquier otro ámbito donde transcurre la vida del niño.

Dicha ley define el castigo físico y humillante y en contraposición presenta lo que significa el derecho al buen trato: “Los niños, niñas y adolescentes, sin exclusión alguna, tienen derecho al buen trato, que implica recibir cuidados, afecto, protección, socialización y educación no violentas, en un ambiente armonioso, solidario y afectivo, en el que se le brinde protección integral, ya sea por parte de sus padres, tutores, responsables o representantes legales, así como de sus educadores, autoridades administrativas, públicas o privadas, o cualquier otra persona. El derecho al buen trato es recíproco entre los niños, niñas y adolescentes”.

Esta ley sigue sin reglamentar y es que enfrenta una enorme barrera que va más allá de lo punible como medida de protección a los niños. Se trata de los imaginarios, de cómo vemos a los niños y niñas, de la forma que interiorizamos el significado de ser niño y ser hijo. Si no vamos transformando esas visiones, seguiremos, perpetrando la violencia y dañando la vida de aquellos a quienes más debemos amar y cuidar.

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