Mi lucha al lado de los profesores

Incluso si hubiera terroristas en las marchas de los maestros (que no los hay) se me atragantarían las palabras antes de llamarlos así.

Estudié en el Rosa de Santa María, ese maravilloso colegio nacional donde profesoras increíbles me enseñaron el amor por la palabra, por mi patria, por mi historia, pero, sobre todo, el amor a mis libertades y derechos.

Marchábamos juntas en las legendarias huelgas del año 78 y allí aprendí a huir de los rochabuses y a respirar en un pañuelo tras la explosión de una bomba lacrimógena. También aprendí a ver la realidad con los ojos de la política, porque, no se asusten, toda lucha es política.

Solo a un débil mental se le ocurre descalificar algo porque es político. La vida entera es política. Si no sabes hacer política, siempre dejarás que te enyuque el primer ingenierito con tractor que diga que es apolítico.

Así luchábamos cada día y, por la noche, en la tele, veía como locutores los llamaban agitadores y violentistas. Entonces todavía la palabra “terrorista” no se había convertido en el calificativo común para descalificar a alguien que lucha por sus derechos.

Eran otros tiempos. En el gobierno había un dictador, ahora hay un presidente democráticamente elegido, pero quienes cortan el pastel siguen siendo los mismos.

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