Memorias sesgadas y libertad en el Perú

Guillermo Nugent

Me pregunta un periodista qué voy a hacer ahora cuando algunas voces exigen la prohibición de mi novela “El camino de Santiago”

Y yo le respondo que, ahora más que nunca, siento que el escritor tiene que ser un educador y que quienes escribimos tenemos que ayudar a nuestra gente a saber y comprender que expresarse, disentir, dar testimonio e incluso desobedecer son derechos que nacen con nosotros y cuyo ejercicio nos hace más humanos.

Por cierto que todos estos derechos están proclamados en la Constitución, pero las encuestas y todas las evidencias muestran que en el Perú muy poca gente es consciente de que los tiene y mucho menos acepta que sus adversarios los usen.

El Lugar de la Memoria (LUM) y las tumbas de los ejecutados en El Frontón deben ser dinamitados. Y “El camino de Santiago”, ese libro de usted, debería ser prohibido, me escribe un temible lector. Según él, la memoria de los días feroces de la guerra sucia es una “memoria sesgada y condenable”.

Tola, Nugent y una novela encrispan a los mismos de siempre.

Tola, Nugent y una novela encrispan a los mismos de siempre.

Libro "El camino de Santaigo" - Eduardo González Viaña

¿QUÉ RAZONES ESGRIME MI DETRACTOR?
Tendré que suponerlas. Mi novela “El camino de Santiago” es la historia probable de un muchacho peruano, hijo de una maestra violada y ejecutada en la masacre de Accomarca. A sus escasos 18 años, ha tenido que cambiar de identidad y de residencia muchas veces porque, en la vida real y como lo ha probado la investigación judicial, el comando militar ordenó después de aquello el exterminio de los sobrevivientes y posibles testigos.

Santiago podía resultar un incómodo testigo. Por eso luego de una vida a salto de mata en su propia patria emprende el viaje hacia los sueños de América. Pero ha escogido el peor de los caminos para entrar en Estados Unidos, el desierto de Arizona donde el sol quema los sesos y las ilusiones. Todo el resto es una coboyada que dura 42 días en el cruce de la inmensa llanura y de sus espejismos.

Mi detractor representa una corriente de pensamiento según la cual todo lo que recuerde la pasada guerra sucia debe ser abolido porque incita al resentimiento o tal vez porque es una apología de no sé qué.

Ese raciocinio es usado generalmente por aquellos que tienen la conciencia sucia y mucha sangre en su pasado o por los que nunca vertieron sangre pero tienen en el alma una desbordante cobardía.

“Es una memoria sesgada”, dicen, y ese ha sido el argumento usado para echar de su puesto al director del LUM. Y supongo que algo de eso debe haber habido para nombrar agregado cultural a Raúl Tola, uno de nuestros distinguidos escritores, y desbancarlo antes del fin de semana.

No tiene Raúl adherencia a ningún partido político que el fujimorismo pueda reprobar, pero tampoco tiene pelos en la lengua y, por eso, sus denuncias valientes en el diario donde escribe deben de haber encolerizado a algunos… y el gobierno ha tenido que ceder.

Cuando el periodista me pidió opinión sobre “memoria sesgada”, le respondí que con ese criterio los campos nazis de concentración de Dachau o de Buchenwald que actualmente Alemania conserva como homenaje a las víctimas del holocausto deberían ser dinamitados o convertidos en disneylandias para no ofender a los admiradores de Hitler.

Las encuestas o el poderío de algunas bandas políticas muestran que un sector mayoritario de peruanos no está muy seguro de que la expresión sea un derecho ni mucho menos el pensamiento, la reunión, la igualdad, la huelga, la privacidad o la tortura. Como hemos visto en el espantoso incendio de hace un mes, la esclavitud todavía funciona aquí como forma de trabajo solapada pero aceptable.

Y por fin, prender dinamita sobre las tumbas de los ejecutados en El Frontón me hace recordar los tiempos bárbaros en que luego de decapitado el rebelde Gonzalo Pizarro y también sus compañeros, se prohibió a sus familias enterrarlos y sus cabezas languidecieron hasta convertirse en calaveras sobre los postes del Cusco.

Creo que antes de pensar en las reformas de la utopía, hay que hacer en el Perú que los derechos consagrados ayer por el liberalismo se conviertan en creencias, en el pan de cada día.

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