Mazzotti, los poetas y el infierno

Mazzotti, los poetas y el infierno

En 1607, Francisco de Quevedo emprende un viaje al infierno, y pregunta al demonio si en esas calurosas regiones hay también un lugar para los poetas.

La respuesta es positiva. Cada vate goza de un hermoso salón, con mullidos sillones y una bien enterada biblioteca. Cualquier bebida les está permitida, y ningún placer les está vedado.

Entonces, ¿cuál es el castigo? “Oh,” dice Satanás, “se me olvidaba. Aquí al lado, hay otra hermosa sala y dentro de ella, un diablo que hace crítica literaria. El castigo del poeta es pasarse la vida eterna escuchando los elogios que hace ese diablo sobre la obra de otro autor”.

Quinientos años más tarde y en el Perú, la envidia continúa siendo patrimonio de las clases literarias. En la revista Somos de El Comercio de Lima, hace más de una década, tres poetas emprendieron una campaña contra uno de los latinoamericanos de más renombre en los Estados Unidos, José Antonio Mazzotti.

Poeta como sus detractores, pero de los buenos, Mazzotti era ya una autoridad en literatura colonial. Sin embargo, había cometido dos errores: el primero, haber publicado un estudio académico sobre la poesía peruana de fin de siglo y no haberlos incluido allí; el segundo, ser catedrático y jefe de departamento en una de las universidades más prestigiosas del mundo, Harvard.

¿Qué vino después?… Los “poetas” investigaron la vida de Mazzotti y descubrieron que, veinte años atrás, había trabajado como editor en el suplemento literario del Nuevo diario, que pertenecía a un colectivo de intelectuales y entidades progresistas.

¿Y qué hicieron? …Aprovechando de la respetabilidad del periódico en que trabajaban, soplaron a medio mundo que el famoso académico era un terrorista y sugirieron que debía ser investigado por la policía y echado cuanto antes de su universidad y de los Estados Unidos.

Lo querían de regreso  y, luego, tal vez “taxeando” en Lima o maldiciendo a Vargas Llosa y a otros peruanos exitosos y bebiendo con ellos,  roncito en mano, en algún resentido bar de la capital peruana.

Hay que ser infame para acusar a alguien de terrorista en el Perú, donde todavía subsisten leyes draconianas y aberraciones procesales que obligan a un ciudadano acusado falsamente a sufrir largos años de prisión si no logra demostrar antes su inocencia. En el extranjero no hay nada que temer porque las universidades norteamericanas que asilaron a un judío llamado Einstein tienen predilección por los cerebros que nuestros países desprecian, persiguen o arrinconan.

¿Qué hice yo entonces? A pesar de que no conocía personalmente a José Antonio, escribí un artículo de solidaridad que fue difundido en diversos países y envié a Harvard una carta colectiva en defensa del poeta. No creo que eso fuera muy necesario porque, unas semanas después, varias universidades norteamericanas se lo disputaban.

Más todavía, cuando pocos años más tarde fundé una pequeña editorial, invité y, prácticamente, exigí a Mazzotti que me diera una muestra antológica de su poesía la cual publicamos con el nombre de “El zorro y la luna”. Nunca imaginé que, año tras año, se venderían tantos ejemplares.

Pero lo que sí imaginé acaba de ocurrir: José Antonio Mazzotti, ha ganado el premio especial de poesía José Lezama Lima que otorga la Casa de las Américas de La Habana. Se trata de un lauro que consagra a un poeta “hondo, grande y sincero” como decía Washington Delgado.

Mis pequeños méritos académicos o literarios han sido castigados muchas veces por la envidia, y debe de ser por eso que ayer me solidaricé con Mazzotti y hoy festejo su consagración. ¿Creen ustedes que existe un infierno para los poetas envidiosos?… Tal vez no es necesario. El infierno ruge dentro de ellos mientras beben un roncito en un viejo almacén de Lima donde van los que tienen perdida la fe.