Marco Antonio en la Feria

Tenía entonces Marco Antonio Corcuera 40 años, un terno plomo, una camisa blanca, creo que también un clavel en la solapa y una corbata negra, pero era tal su flacura que tan solo se le recordaba la corbata negra. El saco plomo le flotaba en el aire.

Corcuera estableció en 1960 un premio quinquenal llamado “El Poeta Joven del Perú” destinado a descubrir y consagrar a los creadores que todavía no hubieran llegado a los 30 años.

El primer poeta que conocí no parecía un poeta sino un torero. Mientras lo anunciaban para hacer una lectura, buscaba entre el público a una chica guapa, le sonreía, le dedicaba uno de sus poemas como quien le tira la capa, y cualquiera podía pensar que iba a irse volando con ella. Con la capa.

Tenía entonces Marco Antonio Corcuera 40 años, un terno plomo, una camisa blanca, creo que también un clavel en la solapa y una corbata negra, pero era tal su flacura que tan solo se le recordaba la corbata negra. El saco plomo le flotaba en el aire.

Me parece que hasta los zapatos –marrones, evangelistas- se quedaban sin él. Se me ocurre ahora pensar que ayunaba para semejarse a Vallejo y que cultivaba esa magrura para que de él solamente quedaran en la audiencia el recuerdo un tic nervioso y una voz nasal que iba repitiendo que “Debajo del árbol/ otea la rama./ Corazón tendido / como una baraja.”

Tenía éxito. Su poesía lo rodeaba de un halo que lo hacía parecer diferente e inquietante. Estoy hablando de la primera vez que lo vi como un poeta, y lo recuerdo flotando a las siete de la noche en torno de la plaza de armas de Cajamarca y rodeado por un grupo de muchachas muy guapas.

No sé si yo tenía 8 o 10 años, pero estaba viajando con mi padre a un fundo agrícola que él poseía en los andes peruanos y nos habíamos detenido antes en la ciudad del Cumbe para escuchar el recital poético de Marco Antonio. El poeta viajaba con nosotros porque, además de primo de mi padre, era uno de los abogados de su estudio.

—Papá, ¿por qué camina mi tío rodeado por todas esas chicas?— pregunté con un poco de envidia.

—Por una buena razón, hijo. Es un poeta—fue su respuesta y también una buena razón para que toda la vida y sin ningún éxito me decidiera a emularlo.

Poesía es lo que más ha hecho Marco Antonio. Además de la suya, se ha pasado cincuenta años editando “Cuadernos trimestrales de poesía”, una revista que ha dado la vuelta al mundo y que ha contado entre sus colaboradores, además de los más importantes poetas peruanos, a líridas como Octavio Paz y Pablo Neruda. Puede decirse, además, que en los tiempos de la censura y el silencio forzado de la España de Franco, la editorial Losada, en Buenos Aires, Argentina, y los “Cuadernos Trimestrales” en Trujillo, Perú, fueron los portavoces de las nuevas y mayores creaciones poéticas en el idioma castellano.

Junto con ello, Corcuera estableció en 1960 un premio quinquenal llamado “El Poeta Joven del Perú” destinado a descubrir y consagrar a los creadores que todavía no hubieran llegado a los 30 años. Entre los nombres que ese concurso ha dado a conocer se hallan los de Javier Heraud, César Calvo, José Watanabe, Antonio Cillóniz, Beethoven Medina., Luis Eduardo García y Manuel Ibáñez Rossaza, entre otros.

La feria del libro le rinde un homenaje y soy uno de los participantes en ese acto. Por lo tanto, tengo que hablar con él que ya está en el aire y pedirle muchas cosas. Le pido que haga memoria de aquellos sonetos que en tardes amarillas leíamos juntos mientras el sol se iba desmenuzando en el mar de Huanchaco. Y una vez más le insisto en que no puede quedarse dormido hasta que no repita por lo menos una vez más ese soneto a la Virgen María escrito por Francisco Luis Bernárdez.

El poeta Marco Antonio Corcuera.

El poeta Marco Antonio Corcuera.

Recuerdo que comenzaba:

“Vino a la vida para que la muertedejara de vivir en nuestra vida…”
Seguro que todavía no me escucha, seguro que sigue debajo del árbol Marco Antonio, y duerme y, como en sus propias palabras:
“Debajo del árbol/ otea la rama./ Corazón tendido/como una baraja…
Debajo del árbol/ la sombra se duerme/ Corazón tendido/ sobre la corriente…
Debajo del árbol/ sombra, yerba y agua/ Corazón tendido/ como una baraja…”

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