Los vencidos de Montjuic

Los vencidos de Montjuic

Hace algunos años, una tarde en Barcelona, anduve por la colina de Montjuic y recordé que allá, en la playa que la circunda, se batieron Don Quijote de la Mancha y el Caballero de la Blanca Luna (1615). El libro de Cervantes nos informa que allí fue vencido aquel hombre bueno que encarnaba los principios más nobles, justos y libres de la entreverada condición humana.

Cincuenta años después de su última batalla acontecida en octubre de 1965, Luis Felipe de la Puente Uceda no tiene partida de defunción ni sepultura conocida. Tampoco existe un parte militar que dé cuenta oficial del hecho de armas. Y, por fin, no quedó uno solo entre sus compañeros –herido o prisionero- que pudiera narrar la verdadera historia de Mesa Pelada.

En vista de todo ello, solo tienen dos caminos quienes reflexionen hoy sobre el tema. El primero es olvidar que hubo una última batalla, y asumir el raciocinio mítico según el cual los héroes no mueren jamás.

La otra forma de ver este asunto es inferir que la batalla del guerrero De la Puente no ha terminado todavía. Ello significa que, ahora, como ayer o peor aún, sigue vigente en el Perú una sociedad basada en la discriminación, con una economía cuya primera dimensión es el hambre.

Un poco antes de lanzarse a la lucha armada, el líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria convocó en la Plaza San Martín a un mitin en el que habría de explicar las razones de su decisión, al tiempo que llamaba a fundirse en una gran unidad popular a todos los hombres y partidos que aspiraran al cambio socialista en el Perú.

Me acuerdo que el presidente de entonces, Fernando Belaunde Terry, había prometido, antes de las elecciones, resolver en noventa días el problema de La Brea y Pariñas (la explotación ilegítima de nuestro petróleo por una empresa transnacional). Novecientos días más tarde, al inquilino de Palacio de Gobierno le incomodaba que le hicieran recordar esa promesa.

Era el tiempo también en que nos despertábamos en la madrugada y escuchábamos, en forma clandestina, las transmisiones de Radio Habana. También eso era prohibido. Estaban fuera de la ley la esperanza y la utopía.

Lucho de la Puente no logró formar la unidad de la izquierda a la que había aspirado. Hay que entender la reticencia de los revolucionarios limeños que escucharon en la Plaza San Martín a este extraño provinciano que no ofrecía alcaldías ni diputaciones sino puestos en el frente de combate.

A Lucho, las malas lenguas “izquierdistas” lo acusaban de haberse casado religiosamente y de comulgar los domingos. Y creo que las malas lenguas decían la verdad. Pero ni una cosa ni la otra le impidieron constituir la más coherente insurrección contra el orden establecido que se había dado hasta entonces.

Como los románticos héroes del Apra del 32, De la Puente y el MIR no se levantaron contra un régimen sino contra un sistema. Eso es lo singular de su alzamiento al igual que su vigencia hasta ahora. Lo siguieron espontáneos grupos de estudiantes y campesinos, artesanos y profesionales, cristianos y agnósticos, antiguos apristas y marxistas nuevos. Tal vez faltaron en la ciudad la organización y el apoyo. Tal vez sobraron la valentía y el amor.

Vuelvo a pensar en la derrota de Don Quijote, y me doy cuenta de que me equivocaba. Los héroes pueden morir y ser escarnecidos y derrotados muchas veces. Lo que nunca muere son los principios que hacen hombre al hombre y dignifican la condición humana. “Por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida”, dijo el ilustre vencido en Montjuic.

Y De la Puente lo hizo por las aspiraciones de libertad y de justicia que un día por fin han de hacerse completa verdad. Y yo creo que así será porque la batalla de Lucho no ha terminado. Además él no ha muerto, su bandera está entera y nuestro corazón no se ha rendido.

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