Los periódicos de papá

Raúl Wiener

“Gabita, ¿ves a la campesina junto al dueño de la hacienda? Esto ocurría en 1944 en Chumbivilcas, en la parte alta del Cusco. Ya no hay hacendados. Pero los campesinos siguen pobres y oprimidos. Para llegar a Chumbivilcas hay que viajar durante un día y medio. ¿Te imaginas? Lejos de todo. Sin teléfono. Sin médicos. Sin luz. Abandonados en la puna donde hace mucho frío. Pasan los años pero quedan muchas injusticias. La foto de la postal es muy linda, ¿no te parece? Todos han posado tranquilamente. Como si no hubiera injusticias. Pero tú puedes ver al patrón, que es el que dirige a todos. Así es nuestro país, donde nos ha tocado vivir a nosotros. Te quiere. Papá. Cusco, 5 de diciembre de 1985”.

Tengo un puñado de postales como ésta y cartas amarillentas de toda una vida que mi papá me envió desde distintos lugares del Perú, algunos muy remotos, como para abrir los ojos de una niña limeña de diez años, amada y protegida. Para Raúl Wiener ser padre siempre fue ser sobre todo maestro. Y si hubiera que nombrar el curso que enseñó durante toda su vida yo diría que fue el de Realidad Nacional, aunque también nos enseñó a fiscalizar el poder y a militar en el lado de los que sufren. No importaba si era en una hoja de cuaderno o en el periódico, él hacía llegar su mensaje. Cuando dejó de enviarme cartas de su puño y letra, y nos pasamos a los mails, a los post y a los artículos que hacía circular por todos lados, siguió contándome en ellos las contradicciones del Perú contemporáneo que tanto le obsesionaban. Cada mañana, bajaba las escaleras de la casa y recogía como un niño su atado de periódicos metidos en una bolsa salpicada por la garúa. Y ahí empezaba la fiesta para él. Leía, procesaba y lo devolvía al mundo. En los diarios en los que trabajó como quien milita, en los que militó como quien vive. Sus artículos eran como postales para mí, una manera de conversar.

Desde que se fue tengo un ritual: Cuando debo analizar algún aspecto de la actualidad social o política de nuestro país, para estar al día o escribir, pongo en el buscador de mi correo su nombre: “Raúl Wiener”, con la palabra clave. Así, un día puedo poner su nombre al lado del Fujimori, otro día del de Alan García o Cipriani o Kuczynski. Soy consciente de que es un acto un poco extraño o fantasmal. Sé que lo que leo fue escrito hace ya un tiempo por alguien que lleva un año sin escribir ni publicar –un año ya, sin verte devorar los periódicos, sin la computadora sobre tus rodillas, sin que nos expliques lo que pasa, un año sin ti–, pero juro que Raúl Wiener, como ante esa foto de Chambi de la postal que me envió, me habla y me sigue pidiendo hoy que abra los ojos.

Esta tarde volví a hacerlo: puse en el buscador “Raúl Wiener: Accomarca”. Y ahí estaban sus palabras, su voz sobre Accomarca en el 2007, en el 2008, en el 2009, en el 2010, en el 2011, en el 2012, 2013, 2014, 2015….Escribiendo cada año contra la impunidad, cada año por la memoria, cada año pidiendo justicia. Cada año denunciando con sus nombres bien clarito: Oficiales La Vera y Vidal, Telmo Hurtado, Alvaro Artaza “Camión”, “Comandante Oscar”, “Capitán Barreta”, “Teniente Lalo”, Noel, Huamán, Valdivia, Williams…

Preguntándose qué hacemos con Putis, Puvayacu, Accomarca, Cayara, Soccos; preguntándonos, por ejemplo, si acaso no seríamos un país diferente si el presidente de la República hubiera asistido al entierro del centanar de campesinos, entre hombres, mujeres y niños asesinados por militares en 1984, en Putis; o qué pasaría si las Fuerzas Armadas pidieran algún día perdón, si se comprometieran a parar los mecanismos de la impunidad. “Enterrados ante la indiferencia del poder y la soberbia armada. Y eso es como si hubieran muerto nuevamente”, escribió. Sí, un “país de putis”, como titulaba uno de sus artículos. Un país de hijos de putis, papá. No todas pero muchas de las cosas contra las que luchaba mi padre siguen intactas, dolorosamente vigentes. Sé que ponga el tema que ponga en el buscador de mi correo lo encontraré persiguiendo, ya en el pasado, los monstruos del presente, la misma desigualdad, los mismos abusos, el mismo olvido. Así es el país que nos ha tocado vivir a nosotros. Esté donde esté solo espero que sus periódicos le lleguen puntuales cada mañana. Sé que no se está perdiendo de nada.