Los chicos de la calle

Aparecieron ahí, entre las avenidas Arequipa y Petit Thouars. Eran cuatro y sus edades oscilaban entre los 9 y los 12 años. Verlos no sugería nada: un pequeño grupo de chicos merodeando por las calles como cualquier otro.

La pequeña historia empieza con un pequeño hurto de golosinas al paso y la gran diversión que les causó ese éxito: primera evidencia y primera impunidad. Siguieron su ruta desplazándose como si tuvieran un camino o alguna dirección, pero no la tenían. Se movían casi por azar, siguiendo el olfato de una nueva aventura.

¿Están aquí para algo? Probablemente, ni ellos lo sepan. Solo saben que una idea o una intuición se debe traducir en acción sin importar el cálculo de riesgos. Lo que importa es actuar, obtener cosas guiados por el impulso.

Minutos después del pequeño hurto pasan a la gran tienda a la que pretenden ingresar a patada limpia, pero con la poca fuerza que tienen resulta hasta risible. Tratan de romper los protectores de las ventanas y solo los detienen las rejas escondidas que impiden su objetivo. Molestos por el fracaso desplazan su enojo hacia un parroquiano que los observa, le arrojan piedras de manera desafiante y sin ocultarse.

Actúan como si no quisieran ser vistos pero su acción tiene todos los signos de la autodenuncia: hacerlo a vista de todos, con desparpajo y casi provocación, solo permite que se hagan evidentes. El destino final lo muestra el parte de rigor: “policía los detiene y los entrega a sus padres”. Ahí acaba la historia, como siempre. Un pequeño escándalo mediático, un poco de moralina y un rápido olvido.

Los adolescentes son la medida precisa de los conflictos sociales y los focos de violencia. Nadie cree que son afectados porque actúan como si nada pudiera lastimarlos.

El sociólogo Michel Coderet los describe bien: “Cada adolescente, de cada generación, se halla violentamente atrapado en un contexto social, involucrado en una problemática de transmisión y de filiación, de duda y de herencia. Solos o en grupo, los adolescentes son actores y testigos; introducen sus objetos, discursos y conductas en los lugares por donde pasan”. Estos chicos no son la excepción.

Cabría preguntarse si lo descrito líneas arriba —considerando que el desenvolvimiento de estos chicos podría ser visto entre lo anecdótico y ridículo y lo muy serio y preocupante— es solo una aventura de cuatro despercudidos muchachos, aburridos en su medio y dispuestos a divertirse en espacios que parecen desconocer.

O, tal vez, es una forma de reproducir el nivel de incertidumbre, inseguridad y violencia que rodea a nuestro país, siendo ellos quienes, a través de la acción y casi del simulacro, nos hacen evidencia de lo que sucede y el peligro que ello acarrea.

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