¡Liberen a Goyo!

Es obvio que entre Gregorio Santos y yo no existe nada en común salvo, claro está, que ambos somos seres humanos. Ese es el punto de esta columna.

El exgobernador regional de Cajamarca lleva preso sin juicio 25 meses en la cárcel. Se le sindica de haber cometido los delitos de asociación ilícita y colusión por presuntamente haber favorecido en once licitaciones a un empresario amigo. Es grave aquello de lo que se le acusa siendo un funcionario público que levantó, como todo izquierdista suele hacerlo, las banderas de la moralidad, la anticorrupción y el bienestar del pueblo (al que dejó más empobrecido por hacer de la antiminería una más de sus “causas”).

Pillos de izquierda existen varios, como lo han demostrado y lo demuestran los gobiernos de Brasil, Argentina y Venezuela. Pero ese no es el problema. Allá los electorados que se dejan estafar.

Hoy, el Segundo Juzgado de Investigación Preparatoria Nacional ha extendido la prisión preventiva de Santos por siete meses más. El asunto es aquí muy simple: una persona NO puede estar 32 meses en la cárcel esperando un juicio porque el fiscal hasta ahora NO HA PODIDO encontrar las pruebas para acusarlo con el cuento de la “complejidad”. Ese fue en su momento el mismo cuento por el que muchas personas del régimen de los 90 estuvieron presas como hoy lo está Goyo Santos, esperando un juicio que nunca llegó porque se agotaron todos los plazos y las ampliaciones. Es decir, estuvieron presas injustamente, pues la ley las presume inocentes; es decir, cuando salieron de la cárcel sin haber llegado a juicio eran inocentes.

Resulta, sin embargo, paradójico que estas leyes que a todas luces son un atentado flagrante contra los derechos humanos de cualquier ciudadano hayan sido obra de quienes afirman ser progresistas y adalides de esos derechos fundamentales. A los inquisidores de entonces no les pareció mala idea meter en el mismo saco a la paja y el trigo y escarmentar a todos aquellos que participaron en el régimen de los 90. Y, pues, como allí había más paja que trigo nadie dijo nada y varios inocentes se pudrieron, literalmente, en la cárcel.

Hoy, esas mismas leyes injustas y arbitrarias se le están aplicando a Goyo Santos. Sería muy fácil para mí, como los fariseos de aquel entonces, no decir nada. Total, el hombre es de izquierda y a mí qué me importa.

Pues no. Hoy es Santos y mañana podría ser usted o algún familiar. Si en más de dos años el fiscal no encuentra pruebas, pues su incompetencia no la puede pagar la presunción de inocencia. Es injusto, así de simple y así de claro.

El derecho nunca puede servir a la venganza sino a la justicia. Los organismos internacionales de derechos humanos deben pronunciarse sobre el caso de Santos y sobre esas leyes despóticas.

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