Lecciones de juventud

En estos días se ha reavivado el debate sobre el límite de edad que la Ley Universitaria establece para los docentes. Me ha sorprendido gratamente que un joven haya puesto el dedo en la herida al señalar una injusticia en la que nadie había reparado: lo que significa que un profesor principal, la más alta jerarquía en el profesorado, vea reducido su ingreso mensual de seis mil soles a una jubilación de 800 soles.

Este último tope significa 25 soles diarios. ¿Qué hace un eminente especialista que ha trabajado 25, 30 o más años en la Universidad y vive en una casa alquilada?

El joven que ha subrayado el despojo es Gerardo Salas, presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Estoy, en líneas generales, de acuerdo con la Ley y me someto a sus marcos de edad, pero confieso que me crea problemas no solo de medios físicos de vida, sino también de bienes culturales. No soy profesor principal sino asociado; pero, al igual que a todo cesante, 800 soles de jubilación me parecen un mendrugo envuelto en un insulto.

Alguien ha querido justificar el zarpazo con el hecho de que los profesores veteranos no investigan. La verdad es que en las universidades públicas los subsidios para investigación son –por obra del Banco Mundial– ínfimos. Por obra del mismo cogobierno mundial, en esas casas de estudio brillan por su ausencia las bibliotecas y hemerotecas al día, los laboratorios de última generación.

Mientras urdía esta columna, me llegó la edición del 5 de abril de la revista parisiense L’Express. Habla en portada sobre los veteranos de la ciencia y la cultura de Francia: “Combatividad, esperanza, elegancia… los que tienen más de 80 años muestran el ejemplo. Nos dan lecciones de juventud”.

El texto, firmado por Anne Rosencher, empieza así: “A los 75 años, (el escritor) Jean D’Ormesson era ya joven… Paseaba su crin blanca y su sonrisa arrobadora explicando que ‘la vida es una fiesta en lágrimas’… Diecisiete años han pasado. D’Ormesson no se ha movido mucho”.

La autora cita el caso del sacerdote jesuita Joseph Moingt, de 101 años de edad, pequeño, delgado y siempre elegante, que ha movido las aguas de la Iglesia al proponer que se dé a la mujer un nuevo papel en la institución eclesiástica, consultando con la mujer antes de que su suerte sea decidida por varones solteros.