Le gustaban las plantas y los gatos

Digamos que surgió de la nada. Eran dos seres inapetentes con la vaga seguridad de su existencia. Nada más. Se saludaron, como todos. Intentaron conversar, pero fue complicado. Su ausencia estaba muy presente; no respondía. No esperaste mucho. Querías conocerla, sin razón, como si fuese un monumento, un bosque inmenso; con juegos inacabables e incansables, una pequeña laguna escondida donde los patos se bañan, las palomas descienden y los pájaros cantan e infinitos desvíos reposan sus vivencias; esas que no muchos conocen.

Te provocaba. Cierto día decidió escribirte. Conversaron. Era muy guapa, de buen porte, acérrima del arte; dibujaba. Le gustaban las plantas y los gatos, y la música, y los libros, y el cine. Escuchaba Metallica, AC/DC, Janis Joplin, y el blues, y la trova. Te gustaba ella, no por lo guapa, —el físico se vuelve minúsculo cuando la mente es superior—. Tres meses después, estaban queriéndose, y tú aprendiste a escuchar a Sadness, a escribir más, y empezaron a gustarte las plantas y los gatos y las películas. En medio del blues cerrabas los ojos. La música muchas veces fue su punto de encuentro. Seis meses después todo se terminó; accidentes sentimentales.

¿Te ha ocurrido eso alguna vez? Quiero decir, sentir la caricia precisa, como si tus nervios y los suyos estuvieran perfectamente construidos para encajar, como si fuese la zapatilla correcta y encajara con la vestimenta de hoy. Blessy y tú habían congeniado; y se quisieron muchísimo, incluso antes de saberlo. Y tú dijiste que no querías creer más en el amor, pero el amor creía en ti; el amor te hizo más humana. El amor te enseñó un paisaje maravilloso. Ese día entendiste que el amor era una planta; a veces te riegan; y cuando no; tienes que coger la regadera y regarte, porque ese será tu más preciado fruto.

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