La responsabilidad de las izquierdas

La responsabilidad de las izquierdas

Un punto de vista fuertemente autocrítico tiene este comentario sobre la importancia de la unidad de las fuerzas de izquierda.

Se equivoca un sector de izquierda si cree que en las próximas elecciones lo más importante es dar nacimiento a un nuevo agrupamiento y que, por lo tanto, perder el 2016 es un costo menor frente a la ganancia de tener un (subrayo el singular) partido de izquierda. Dicho de otra manera qué importa que gane la derecha las elecciones si, finalmente, ya tenemos una organización, ahora sí, auténticamente de izquierda.

Me parece que este predicamento está nuevamente sobre el tapete. Y si bien esta idea es vieja y expresa uno de los tantos vicios que ha tenido nuestra izquierda a lo largo de estas décadas, debe ser debatida porque pone en peligro el futuro de las izquierdas al no entender los retos y los peligros que encierra una derrota electoral el próximo año.

Es cierto, como ha dicho Julio Cotler hace unos días, que las divisiones de la izquierda se dan porque ella no acepta el pluralismo político. Y si bien la idea de que la izquierda es una sola y que nadie la divide, como se suele decir, es expresión del enorme peso que sigue teniendo en la ideología y de la poca importancia que se le da al pluralismo democrático en sus filas; es también, si lo vemos a luz de los retos de la actual coyuntura, una clara manifestación de un error político que nos puede llevar a una derrota estratégica y, por lo tanto, a la imposibilidad, incluso como quieren algunos, de crear “un nuevo agrupamiento de izquierda” en el corto y mediano plazo.

Para comenzar diremos que si no tenemos una voluntad de victoria y una estrategia realista vamos a poner a millones de peruanos, como acaba de decir Susana Villarán, posiblemente frente a un dilema indeseable y hasta catastrófico: los peruanos tendrán que optar entre el autoritarismo fujimorista o la corrupción aprista.

Y si bien se puede añadir a estas opciones el toledismo o el lobbismo de PPK, lo que importa decir de este escenario, además de ser básicamente derechista, es que todas estas opciones tienen un mismo fin: completar y consolidar una hegemonía neoliberal de largo aliento.

Por eso en las próximas elecciones se va a jugar si la o las izquierdas son una fuerza marginal en el futuro, como quiere la derecha, o si más bien inicia(n) un proceso de acumulación de fuerzas, de renovación política y de reconexión con los sectores populares, que les permita salir de su actual condición que no es otra que la de de ser una fuerza minoritaria.

Se equivocan los que dicen que hoy la izquierda peruano es fuerte y poderosa. Si la comparamos con el resto de las izquierdas de la región, la nuestra es, acaso, la más atrasada y aislada, como también las más débil y la que menos visión estatal tiene.

El problema de una parte de esta izquierda es que no piensa la política desde la derrota sino más desde una imaginaria realidad donde se cree fuerte cuando sucede todo lo contrario.

El otro tema que también se jugará el próximo año es si la derecha termina de construir lo que hemos llamado una hegemonía neoliberal de largo aliento. Esta hegemonía que se inició con un golpe de Estado el cinco de abril de 1992 y con una Constitución a su medida, comenzó a ser construida por el fujimorismo y fue continuada por los gobiernos de Toledo, García y Humala.

Con ello no solo me refiero a la continuidad de una misma política y de un mismo modelo económico que nos condena a la precariedad social, a la falta de derechos, a la informalidad y a explotar de manera irracional nuestros recursos naturales dañando nuestro medio ambiente.

Esa hegemonía neoliberal también se expresa en la incapacidad de las fuerzas democráticas y progresistas de derrotar políticamente al fujimorismo y convertirlo en una fuerza marginal y parte de un pasado que no puede ni debe repetirse; asimismo a nuestra imposibilidad de superar, cuando menos de una manera importante, las consecuencias de la violencia política de los años ochenta creando una cultura que reconozca al otro, sobre todo a los pueblos indígenas y amazónicos, como iguales.

Que hoy exista la posibilidad de tener que enfrentar el próximo año lo que hemos llamado un dilema indeseable o que se siga rechazando el informe de la Comisión de la Verdad, son ejemplos de que estamos bastante lejos de aquellas esperanzas que nacieron en los tiempos del gobierno de transición a inicios de la década pasada.

Terminar de construir la hegemonía neoliberal de largo aliento implica tres cosas:

a) continuar con achicar el Estado y privatizar la economía entregándola a los grandes intereses tanto nacionales como extranjeros. Lo que ha sucedido con Petroperú en estos días es un claro ejemplo de ello;

b) consolidar nuestro ingreso al proceso de globalización que gobiernan las transnacionales con nuestra incorporación a la OCDE y con la firma de los acuerdos Transpacífico (TPP) y de Servicios (Tisa). Para que se tenga una idea hay que decir que estos tratados que se están negociando y de los cuales participa el Perú se desarrollan en el más absoluto secreto y, por lo tanto, de espaldas a los pueblos. Asimismo que el TISA se está negociando al margen de la OMC con el objetivo de beneficiar exclusivamente a las transnacionales. Firmarlos implicaría blindar prácticamente de manera casi definitiva el actual modelo neoliberal y en consecuencia tener una política exterior contraria a la integración regional;

c) la consolidación de una cultura conservadora, basada en principios religiosos e impidiendo así la afirmación de un Estado laico y plural. Tanto la Marcha por la Vida encabezada por el cardenal Cipriani hace unas semanas como el informe de Caretas y un reciente artículo de Pedro Salinas sobre el llamado grupo FASTA, son evidencias de cómo grupos religiosos reaccionarios y conservadores internacionales y también la derecha, han puesto su mira en el Perú para convertirlo en la capital de dicho conservadurismo en la región.

Por eso tener en cuenta que estos temas son los que están en juego el próximo año nos debería llevar a tener una política más responsable en las izquierdas y terminar, más allá de que se logre o no la unidad, con lo que ha sido una constante en estos grupos: la lucha fratricida. Y ello implica por un lado, que tomemos conciencia que nuestro enemigo no está al costado sino al frente y que es poderoso, y por otro, que el mañana se juega hoy y concretamente el próximo año.

(*) Parlamentario Andino

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