La república cleptocrática (I)

La vergonzosa fuga de Alberto Fujimori tras la aparición del video Kouri-Montesinos, parecía que ponía fin a una etapa de robo y saqueo del erario público desde el poder. La sentencia ejemplar a 25 años de cárcel por algunos de los delitos cometidos, más la prisión de otrora poderosos generales y ministros, daba la impresión de que el país abría una época no solo democrática, sino de recuperación de la ética y la moral públicas.

Grave error. El asalto de las empresas privadas brasileñas a los presupuestos de la nación, a lo largo de media docena de gobiernos, corría bajo la superficie como un magma de podredumbre de tal dimensión, que marcará toda una era de la historia peruana.

La última fase de la gigantesca corrupción montada por el capitalismo transnacional, mediante sus “oficinas de operaciones estructuradas”, va de 1998 a la fecha. Las constructoras, lideradas por la compañía Odebrecht, ofrecían el servicio completo. Compraban a los altos funcionarios organizándoles todo el proceso de lavado del dinero en las offshores que ellos mismos ayudaban a crear.

El crimen parecía perfecto si no hubiese sido porque los dueños cayeron detenidos, uno tras otro, gracias a la justicia brasileña. El una vez esperanzador Partido de los Trabajadores, promotor de la degradación, acabó fuera del poder.

En el Perú, todo indica que vivimos una era cleptocrática, desde 1990 hasta la fecha. Recuerda aquella asociación público privada del siglo XIX, conocida como los consignatarios del guano, que explotó el principal recurso del país de 1841 a 1869. La fase comprendida entre 1847 y la entrega del monopolio a Dreyfus, sumó 22 largos años. El esquema propició desde el poder, la sociedad corrupta con agentes privados a cambio de que usufructúen hasta el 45% de lo extraído y comercializado. Como el Estado necesitaba efectivo, los mismos empresarios le prestaban dinero hasta con 13% de interés. Así aumentó el enriquecimiento de la primera plutocracia republicana, nacida del fétido negociado.

La avidez de los nuevos ricos agotó el guano, poniendo en jaque las finanzas públicas. El monopolio, aparte de llenarle los bolsillos a Dreyfus, resultó el preludio de la crisis económica.

Como en la época del guano, los intereses particulares deciden tomar por asalto al Estado. Ya no a cambio de un recurso natural sino mediante la construcción de obras públicas, método, dicho sea de paso, muy usado por las mafias italianas.

Esta vez cuentan a su favor con la Constitución de 1993, que debilitó la idea del bien común y el interés general, para colocar el lucro como divisa. Al punto que el Estado, que es de todos, es puesto al servicio subsidiario del interés privado. Tan grosera tergiversación va acompañada con el debilitamiento de los bienes públicos, de las instituciones o los partidos, suplidos por grupos que compran votos, a lo que se añade la masiva captura del Estado por gente que proviene de los negocios particulares.