La reforma laboral y el “espíritu capitalista”

La reforma laboral y el “espíritu capitalista”

Las evidentes presiones de la derecha buscan que el presidente Ollanta Humala dicte la “reforma laboral” y entierre para siempre aquellas a cualquier pretensión reformadora.

Resulta extraño, por no decir gracioso, que hoy algunos proclamen la necesidad de la unión de los trabajadores informales “contra las aristocracias sindicales”, como si los sindicatos fuesen los responsables de la informalidad en el país.

Dicha afirmación, además de ser un disparate, es falsa por dos razones: a) los llamados “altos costos laborales” señalados como causa de la informalidad y la principal queja de los empresarios, como demuestran diversos estudios, no son tales; y b) la baja sindicalización (de esta supuesta “aristocracia sindical”), se debe, entre otros factores, a una suma de normas que no solo han flexibilizado el mercado laboral sino también han eliminado derechos sociales y sindicales a los trabajadores como la negociación colectiva por rama.

En este contexto no es extraño que el trabajo decente, el que da derechos y remuneraciones dignas al trabajador, sea realmente bajo y que la remuneración mínima vital también sea una de las más bajas de la región. Y, tampoco, que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) haya rechazado la propuesta de un sector empresarial de crear dos legislaciones paralelas, una para los trabajadores formales y otra para los informales, como solución al problema de la falta de empleo formal en el país: “No creo que la competitividad y la productividad de un país pasen por la reducción de salarios ni por la reducción de las condiciones de trabajo”, fue la respuesta de Guy Ryder, director general de la OIT cuando se le consultó sobre la proposición de los empresarios peruanos para “combatir” la informalidad laboral (La República: 14/10/52).

Y es que, en realidad, la última propuesta empresarial que consiste en la reducción de vacaciones y gratificaciones a los “informales”, una mayor flexibilización en las modalidades de contratación, una remuneración mínima sectorial, así como la reformulación de la Ley de Seguridad y Salud en el Trabajo, entre otros puntos, son medidas que no conducen a disminuir la informalidad sino todo lo contrario, ahondan la precariedad del trabajo, aumentan la dominación sobre el trabajo y fomentan la explotación de los trabajadores para que una minoría, que nada tiene que ver con la llamada “aristocracia obrera”, siga gozando de privilegios en el país. Todo ello con el argumento de “formalizar” el trabajo y con la promesa de que un día los “informales” se convertirán en empresarios.

Como ha dicho Byung-Chun Han “El sistema de dominación neoliberal está estructurado de una forma totalmente distinta. El poder estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor, es decir, cautivador. Ya no es tan visible como en el régimen disciplinario. No hay un oponente, un enemigo que oprime la libertad ante el que fuera posible la resistencia. El neoliberalismo convierte al trabajador oprimido en empresario, en empleador de sí mismo. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza. Uno se cuestiona a sí mismo, no a la sociedad” (¿Por qué hoy no es posible la revolución?, en El País, 3/10/14).

En realidad, esta propuesta de reforma laboral demuestra que frente a la crisis los empresarios peruanos responden como siempre lo han hecho: provocan la desorganización -aún más- de los trabajadores (se puede leer como flexibilización del mercado laboral), eliminan derechos sociales y sindicales y aumentan sus ganancias con la disminución del salario.

Basar las mejoras en la competitividad y productividad, como ha dicho la OIT, con la baja de salarios es el peor camino para lograr el desarrollo, el crecimiento y formalización del empleo, más aún cuando el porcentaje del producto nacional que va al trabajo ha disminuido, si lo comparamos con las utilidades.

A los empresarios —como también a sus principales voceros— bien se les puede aplicar aquella frase que dice: “lo que es mío (pensar en las ganancias) es mío, lo que es tuyo (pensar en el salario y en los derechos) se puede negociar”. Eso ha sido, de manera breve y esquemática, la historia de las relaciones entre el capital y el trabajo a lo largo de estos últimos años de hegemonía neoliberal en el país.

Por eso la propuesta empresarial es, en la práctica, uno de los últimos ajustes de tuerca en una coyuntura en la cual el campo sindical y progresista está débil. Una suerte de colofón a un viraje político y económico que empezó no bien el nacionalismo ganó el gobierno y que se quiere apurar por las señales de una posible crisis internacional. La idea es (re)crear (también se puede emplear la frase refundar) el mundo del trabajo en el cual el sindicalismo y los derechos laborales sean un mal recuerdo de una supuesta época populista que frenó el desarrollo del país y a la cual nunca más se debe volver o repetir. Las evidentes presiones a Ollanta Humala en estos días por parte de la derecha son para decirle que debe aprobar esta “reforma laboral” y que debe enterrar para siempre aquellas pretensiones reformadoras que alguna vez proclamó durante su campaña electoral.

No hay interés, por tanto, en forjar, en medio de este desarrollo capitalista del país, una cultura basada en la igualdad y en el trabajo, y en la dignificación de los trabajadores y de los propios empresarios. Se opta por prácticas e ideas ya existentes como, por ejemplo, la teoría del “cholo barato” como el factor más importante en el proceso de acumulación y desarrollo. Así el capitalismo pierde todo sentido civilizador y renovador para convertirse en una película ya vista más de una vez, en un déjà vu permanente, y en expresión de una cultura que no mira hacia el futuro sino, como siempre han hecho las élites en este país, hacia el pasado, generando una “identidad burguesa más débil… [y un] control social más fuerte” como manifiesta Franco Moretti.