La maestra de Accobamba

La maestra de Accobamba

Avanzó hacia la puerta para abrirla, pero no fue necesario. Dos hombres de uniforme la abrieron de un empujón y entraron en la casa. Pasaron delante de ella y buscaron en todos los rincones.

No le explicaron el motivo de su ingreso.

—¿Es usted la maestra de escuela?… Sí, por supuesto. Usted es la maestra de la escuela.

El hombre que había preguntado y respondido le ordenó que saliera y que avanzara delante de ellos.

Todavía no amanecía. Sara tropezó con el cuerpo inerte de su perro. Quiso agacharse para acariciarlo. Llegó a tocarle la cabeza ensangrentada. Lo recordaba y lo quería porque era el permanente compañero de su hijo, el pequeño Santiago.

Esta vez, al tocar la cabeza y luego el cuerpo, sintió que sus manos se humedecían con la sangre, pero no pudo continuar. El cañón de un fusil se apoyó contra su espalda, y la voz del soldado que lo portaba le ordenó levantarse y seguir caminando.

Cuando estuvo de pie, el fusil volvió a hablar con ella:

—Sigue adelante. Sigue adelante o te mato.

—¡Mátala de una vez! —le aconsejó el otro soldado. Agregó:

—Nos han dicho que vamos a matar a toda esta gente. Podemos comenzar a ejercitarnos.

El cañón se posó sobre el cráneo de la dueña de casa. Le buscó la sien derecha.

El soldado tardaba en disparar.

—Mejor se la llevamos entera. El alférez tenía mucho interés en hablar con ella. Esta mujer es la maestra del pueblo. No te olvides.

Sara no tenía idea de lo que estaba pasando. Mientras la empujaban, la oscuridad comenzó a evaporarse.

—¡Levanta los brazos!

Con los brazos en alto y el fusil apoyado sobre su nuca, Sara continuó caminando. El pueblo no tenía muchos habitantes, pero era muy extenso. La maestra se dio cuenta de que la estaban llevando hacia el local de su escuela. Se conocía el camino de memoria. Algunas veces, ella tomaba de la mano a su hijito y, para jugar con él, avanzaba con los ojos cerrados hasta el lugar de su trabajo.

El camino de Santiago - Eduardo González Viaña

La escuela tenía una oficina para la maestra además de un depósito y dos salones inmensos. No había sillas suficientes, y los niños a veces tenían que sentarse en el suelo.

La hicieron entrar en su oficina y permanecer de pie frente a su escritorio.

Allí, sobre la silla, comenzó a dibujarse la imagen del alférez. Este encendió un cigarrillo, y su figura resplandeció en medio de las oscuridades. La observó un instante sin decir palabra. Después, volteó para mirar la ventana. De frente y de perfil, el hombre parecía un cuchillo.

Sara esperó a que el militar hablara. Esperó mucho tiempo. En aquella mañana, la más larga de su vida, los minutos y las horas iban a ser extensos.

Por la ventana, entró un día de color violeta. Por fin se escuchó la voz:

—¡Así que usted es la maestra!…

Ella no contestó.

—La maestra ¿no?

Antes de que contestara, el militar la interrumpió:

—¿Y está dispuesta a confesar?

—¿A confesar?

—Sí… a confesar.

—¿A confesar, qué?

—Todo…

—¿Todo? ¿Todo, qué?

Todo le parecía mentira a la joven maestra: el perfil del hombre, el resplandor de su cigarro, la habitación donde se encontraban. Ella misma se creyó de mentiras. Pensó que se había hundido dentro de un sueño malvado. El día estaba llegando, y a través de la ventana pudo ver las montañas mortalmente pálidas.

—Nombres… quiero que usted me dé nombres…

—¿Quién es usted? ¿Quiénes son ustedes?

—¿De veras no lo sabe? ¿De veras?… Soy Telmo Colina, alférez del ejército peruano. ¿Quiere saber más?… Los tenemos rodeados.

La maestra no sabía qué responder.