La irresponsabilidad al poder

Posts dedicados - Feliz Año Nuevo

El presidente PPK dijo, hace unos días, luego de esquivar la vacancia: “empieza un nuevo capítulo en nuestra historia: reconciliación y reconstrucción de nuestro país”. Por lo que parece la reconstrucción no será hecha con materiales nobles, sino con escoria y resentimientos sin cicatrizar y la reconciliación, que debiera comenzar por un reconocimiento de errores, me la imagino en sintonía con la lucha libre, pero sin reglas, como corresponde a un país que vive desde hace tiempo en estado de anomia (sin normas).

Ya hemos podido comprobar tanto en las redes sociales como en las calles que, por el momento, la palabra reconciliación es solo un vocablo que no encuentra dónde encajar. Fácil de pronunciar pero casi imposible de materializar en una nación que ha hecho del enfrentamiento y la discriminación un hábito cotidiano. Los prejuicios que enfrentan a las diversas sangres continúan primando en la conducta de las variadas vertientes que conforman la sociedad peruana.

Concluida esta introducción vino a mi mente la palabra “pusilanimidad” y verifiqué su significado en el Diccionario de la Real Academia, dice así: pusilánime es aquel: “falto de ánimo y valor para tolerar las desgracias o para intentar cosas grandes”.

¿Parece o no una definición que se ajusta a la conducta de muchos integrantes de la clase política? Escucharlos como los hemos escuchado en estos días aciagos de revocaciones fallidas y de egoísmos desmesurados, nos da la impresión que quienes así hablan y así piensan son ajenos a todo aquello que no sea salvar su mandato o defender intereses coyunturales aunque estos perjudiquen al conjunto de la nación.

La impresión que me invade es que han llevado el juego político a un extremo tal que éste ha terminado poniendo en evidencia la incompetencia, la ineptitud y la torpeza de quienes son protagonistas de dicho juego. Expresado de otro modo, el control se les ha escapado de las manos y eso, por razones de supervivencia, llama a la acción a otros actores políticos que, hasta los últimos errores de los poderes del Estado, permanecían como espectadores.

Hoy las redes sociales y las calles arden y no asoman figuras con el peso moral necesario para restablecer la calma y conducir a un diálogo político mesurado y respetuoso.

No es común que tantos funcionarios dimitan simultáneamente y que ocupar sus cargos sea como recoger una antorcha comenzando por el fuego.

Es indispensable extraer lecciones de la situación vivida. El caos producido indica que formaciones políticas producto de acuerdos circunstanciales, sin más objetivos que ganar una elección, son bombas de tiempo que tarde o temprano estallarán.

La falta de propuestas ligadas a las necesidades reales de las mayorías y la permeabilidad del Estado para permitir la corrupción son factores que se han agravado con la práctica suicida de anteponer el crecimiento económico (para unos pocos) a las necesidades humanas del conjunto.

La preocupación de los sectores dominantes y los alienados que los siguen, es que la situación actual puede conducir a una merma en las inversiones. ¿Se habrán preguntado alguna vez cuánto han favorecido a la corrupción reinante esas inversiones? No se trata de rechazarlas, se trata simplemente de tener una legislación clara y un sistema de vigilancia estricto para que las mismas no puedan ser desviadas a bolsillos privados.

Hay mucho por cambiar. Es de esperar que haya muchos que estén dispuestos a luchar por esos cambios. El poder no tiene por finalidad finiquitar negocios, el poder que el pueblo otorga en una democracia tiene por finalidad última y esencial el bien común. La brújula moral tiene que estar muy maltratada para que resulte tan difícil comprender algo tan simple.