La impunidad nuestra de cada día

Los políticos no quieren luchar contra la corrupción debido a que, casi todos, están comprometidos. Si me acusas yo también te acuso, es la premisa.

Recientemente el congresista Del Castillo (Apra) advirtió que el fujimorismo interfería en las negociaciones con los maestros en huelga y Héctor Becerril (Fuerza Popular) acusó a Del Castillo de haber presentado un proyecto en el que planteaba la evaluación sin despido.

En realidad ambos tenían razón en sus acusaciones. Becerril si interfería, y el proyecto de Del Castillo existía. Un día después la acusación pasó al olvido y ambos volvieron a lo suyo, como si nada hubiera pasado.

Martín Vizcarra, tuvo que renunciar al MTC por la escandalosa adenda que firmó con Kuntur Wasi, en el que el Estado financiaba con recursos públicos la obra (aeropuerto de Chinchero) que debería ser ejecutada con recursos privados, beneficiando directamente a esa empresa. Poco tiempo después Vizcarra vuelve a la actividad como si no hubiera cometido ninguna irregularidad.

El excontralor Edgar Alarcón fue separado de su cargo después de haber sido sorprendido en la comisión de varias irregularidades; sin embargo se hace pagar S/440,863.01 de liquidación. Es decir, no se le sanciona y se premia económicamente.

Empresas como Telefónica y mineras de capital extranjero deben millones a la Sunat, pero siguen operando sin problemas. PPK fue uno de los que dio facilidades para algunos negocios de Odebrecht en el Perú durante el gobierno de Alejandro Toledo y es presidente del Perú.

La impunidad es un valor añadido a la clase política y empresarial. Cuidado, si te atreves a reclamar, te acusan de terrorista para arriba. Así estamos.