La crisis como oportunidad

La crisis como oportunidad

La censura de Ana Jara por una mayoría importante de congresistas tenía entre sus principales objetivos buscar una negociación con el gobierno. Para los apristas y fujimoristas se trataba de la impunidad de sus jefes.

Los apristas porque saben muy bien que sin la candidatura de Alan García el 2016 sus posibilidades de triunfo disminuyen notoriamente. Los fujimoristas porque requieren a un Alberto Fujimori en libertad no solo para limar sus desacuerdos internos sino también como símbolo de un triunfo político, que les abriría las posibilidades, como se ha dicho, de reinterpretar una historia que hasta ahora les ha sido adversa.

Para los otros sectores, en particular para la oposición progresista, se trataba de que el gobierno enmiende rumbos luego de la famosa ley Pulpín, de la represión al movimiento social y del escándalo de Petroperú que le prohíbe participar en el proceso de explotación hasta el año 2024.

Por eso la censura a la Primera Ministra, para algunos, no nos empujaba al borde del precipicio sino al borde de una negociación, principalmente, con aquellos que buscaban la impunidad. No era extraño, por tanto, que el congresista Mauricio Mulder, el peón de brega de García, dijera al día siguiente de la censura a la Premier que se requería un primer ministro con las características del actual ministro de Educación, Jaime Saavedra.

La idea de apristas y fujimoristas era que el próximo presidente del Consejo de Ministros tenga un perfil tecnócrata, que no se “meta” en política y que continúe con el mismo programa económico para que los “políticos” (García, Fujimori, Castañeda, Toledo y otros) y el poder mediático negocien con Ollanta Humala y Nadine Heredia lo que resta de su gobierno.

Lo que buscaban era que al final del gobierno tengamos a un Alan García y a un Alejandro Toledo “libres de toda sospecha”, con un Fujimori en la calle y con un Castañeda haciendo negocios y destruyendo Lima con el apoyo del gobierno.

En la misma perspectiva, sospecho, estaban los empresarios que veían y ven con mucha preocupación una crisis económica que se profundiza en medio de una crisis política que también se agrava.

Lo que quieren los empresarios es que se reprima la protesta como hoy sucede en Tía María y se reactive la economía. Ellos saben que Humala y Heredia son, hasta ahora, sus mejores representantes en el gobierno.

Un buen ejemplo de los “servicios” que presta la pareja presidencial a estos sectores es la reciente aprobación del Ministerio de Energía y Minas para que el consorcio Graña y Montero, parte del grupo El Comercio, explote los lotes II y IV en Talara, medida que ratifica la “muerte” de PetroPerú.

Sin embargo, el presidente Humala y también Nadine Heredia han tomado otro camino. Designar a Pablo Cateriano como nuevo presidente del Consejo de Ministros, esta suerte de “gladiador” que hoy tiene el nacionalismo con lo cual termina su metamorfosis que comenzó no bien asumió la presidencia, es casi como declarar la guerra a la oposición.

Lo paradójico en todo esto es que el encargado de comandar esta suerte de “guerra” sea un hombre de derecha y uno de los mejores exponentes del neoliberalismo, ideología y política que el nacionalismo humalista en sus inicios prometía, justamente, combatir.

Humala, en lugar de conciliar, ha optado por el enfrentamiento. Su objetivo es polarizar. Para ello ha organizado esta ofensiva tomando en cuenta tres factores:

a) el repudio que hoy tienen tanto el aprismo y el fujimorismo como muestran las encuestas y como también lo mostró el respaldo al discurso del exministro Urresti; b) el apoyo de las FF.AA.; y c) el reciente conflicto o problema con Chile.

Humala cree que jugando con el antiaprofujimorismo, con el antichilenismo, con el apoyo de los militares y con la amenaza de cerrar el Congreso, es posible polarizar el país y enfrentar a la oposición. Y ello nos lleva a un escenario altamente conflictivo.

No sería nada extraño que la retórica del nuevo Premier contra el APRA y el fujimorismo sea cada vez más beligerante, como también contra Chile. Humala y también Cateriano han sido los que en estos últimos tiempos han manejado el tema chileno.

La renuncia de Gonzalo Gutiérrez, que duró poco tiempo en la cartera de Relaciones Exteriores, anunciaría además del choque interno con la oposición, también uno externo. El nacionalismo bien podría transformarse en “chauvinismo”.

Por otro lado cabe preguntarse si los poderes fácticos, los grupos empresariales y el poder mediático aceptarán esta suerte de guerra política entre el gobierno y los partidos de la derecha (aprismo, fujimorismo, castañedistas, pepecistas), ya que estas organizaciones políticas son sus preferidas así como sus candidatos para las elecciones presidenciales del próximo año.

Por eso es un contrasentido atacar al APRA y al fujimorismo, por un lado, y buscar aliarse con los grandes empresarios, por el otro. La derecha económica sabe que este gobierno vive su último año y que lo mejor que puede pasar es que se extinga sin grandes cambios y sin mucho ruido.

Finalmente, pensar en un cierre del Congreso y, por qué no, en una suerte de golpe blanco, sería sumamente peligroso para estos sectores, no solo porque no hay condiciones internacionales sino también porque podría terminar con la caída del propio Humala que tendría que ser reemplazado por la vicepresidenta Marisol Espinoza.

Si Ollanta Humala suscita algunas dudas en la derecha y en los grandes empresarios, la congresista y vicepresidenta Espinoza generaría aún mayor preocupación una vez instalada en Palacio de Gobierno. Y esto le pone límites tanto a Humala como a sus opositores.

Lo que se viene por tanto no es nada bueno ni gratificante. Curiosamente es el enfrentamiento de un gobierno neoliberal y al que la corrupción no le es ajena, contra unos partidos corruptos e igualmente neoliberales. Es decir un enfrentamiento que en nada le es útil ni al progresismo y menos al pueblo. Ello, creo, demuestra la gravedad de la crisis política.

Y si bien se podría decir que los de arriba cada vez tienen más dificultades para gobernar, el problema es que los de abajo no tienen quién los represente. En ese sentido, la crisis que hoy es evidente es también una oportunidad que requiere si bien mucha responsabilidad al momento de actuar también una gran dosis de voluntad y determinación.

Hay que tener en cuenta que la crisis abre un conjunto de oportunidades, retos y espacios. No tomar en cuento ello es condenar al progresismo al anonimato o a una simple presencia testimonial.

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Y si bien se podría decir que los de arriba cada vez tienen más dificultades para gobernar, el problema es que los de abajo no tienen quién los represente. En ese sentido, la crisis que hoy es evidente es también una oportunidad que requiere si bien mucha responsabilidad al momento de actuar también una gran dosis de voluntad y determinación.

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