Juanjo y el doctor pinchapoto

Hace dos noches le leía a Juanjo un cuento de José Watanabe que nos regalaron unos amigos generosos. Se llama “Leoncio y el doctor veterinario”. Se lo mostré con un poco de temor. No había crayolas rebeldes en ese cuento, ni dinosaurios, ni nadie llegado de Cybertron, nada de lo que él espera en un libro. Pero Juanjo, como para no romper esa regla que lo impulsa siempre a contradecirme, decidió escucharme atento. De pronto, llegamos a una palabra que le hizo abrir los ojos.

Lo vi primero sorprendido y luego esbozar una sonrisa. No esa sonrisa entre malvada y pícara que le sale antes de hacer una travesura, no. Era la sonrisa del asombro, del que descubre una palabra transgresora en medio de una página, del que aprende. Y entonces empezó a reír. “El doctor pinchapoto”, decía. Y se reía con más fuerza. “El pinchapoto”, repetía en esa habitación regulada a una temperatura menor a la del invierno limeño. Y nos reímos los dos, a riesgo de que las enfermeras vinieran a callarnos. Tenemos ese ánimo ahora mismo, ahora que ha empezado un tramo importante de su recuperación. En los números, Juanjo ha iniciado su octava hospitalización. Para los médicos, esta parte es trascendental, quizá la definitiva.

El camino sigue teniendo algunos baches y dificultades, pero ahora divisamos una meta cercana, y nos dejamos llevar por el ánimo risueño de Juanjo. Sandra, Tomasita y yo vamos detrás del joven líder de esta caravana, con ánimo, al ritmo alocado de un hombrecito que quiere aprender, a carcajada limpia. Quería compartirlo. Les pido que nos acompañen. Recen si pueden. Dedíquennos un pensamiento bonito. Manden buena vibra. Seguimos andando, la ruta puede ponerse difícil, pero la risa de nuestro guía no decae, nos anima. Saludos a todos.