Impidamos la segunda dictadura Fujimori

El viraje a la extrema derecha de Pedro Pablo Kuczynski al indultar a Alberto Fujimori, echa por la borda su escasa legitimidad, al traicionar a sus electores, pero, sobre todo, lo convierte en un rehén de Fuerza Popular.

Aplicando los consejos de algún Maquiavelo de bolsillo, trazó dos estrategias paralelas para salvar el pellejo y el bolsillo. Sentó a la mesa a conocidos liberales, para montar los argumentos contra la vacancia, que convencieran a una pluralidad de fuerzas. Bajo la misma mesa, tramó con sus ministros topos algo más siniestro, el indulto al cleptócrata.

Ambas tácticas caminaban paralelas, con la diferencia que solo el indulto lo podría dividir a la mayoría parlamentaria. La maniobra exigía que los asesores “políticos”, no se enterasen del verdadero juego. O por lo menos se hiciesen los desentendidos.

La farsa incluía mentirle a su propia bancada y a alguno que otro despistado. La consecuencia lo lleva a perder toda credibilidad, arruinando a su anémico partido, entregándose de pies y manos al exdictador.

Zorro viejo, curtido jugador de la trampa, desde su “grave estado de salud”, el líder del clan, dirigió la votación de sus congresistas. Ya libre, en una escenografía propia de un moribundo, volvió, tras casi dos décadas, a dirigir sus farisaicos mensajes a la nación.

Resulta obvio que en la infame coalición AFF-PPK, el mando lo tendrá el presidente más corrupto de la historia del Perú. De ahora en adelante, se dedicará a consolidar su liderazgo, a poner orden en la fortuna saqueada –apenas se han recuperado 500 millones de dólares- viendo como se cuida de que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos no lo devuelva tras las rejas para cumplir los 15 años que le faltan.

En el trayecto, se abrirán las puertas, peor que nunca, para los negociazos, las economías delictivas y la impunidad. Es la alianza del crimen y el dinero, no nos equivoquemos. Sus blancos inmediatos, el TC y el Fiscal de la Nación.

Su meta, imponer la segunda dictadura Fujimori.

Los demócratas debemos evitar que el Bicentenario consagre la degradación moral del país.