He sido radical toda mi vida

La libertad es una bandera que no admite medias tintas. O asumes radicalmente ser libre o te matas. Casi me mato el 94. Una depresión profunda me dejó tendido en una cama tres días. Tomé una decisión radical: abandoné el periodismo, renuncié a ese trabajo beca que tenía en El Comercio, el trabajo diario, las 8 horas con tarjeta. Fui radical cuando decidí ser escritor a los catorce años. Nunca quise ser periodista, pero jugué a serlo porque a Ricardo Uceda le pareció que podía serlo, y le pareció luego a una serie de gente que me dieron siempre cargos y ediciones de revistas y suplementos que seguramente no me merecía y que hacía mientras terminaba los libros que me dieron luego de esta cómoda vida de casi jubilado que recibe anualmente sus regalías.

Fui radical en mi feminismo: ¿se puede no serlo cuando los cerdos en que hemos sido convertidos, habituados nuestros privilegios, ni siquiera queremos vernos en práctica sexuales donde la cosa esa que está ahí es una persona, solo que no es la persona a la que llamamos por su nombre o queremos que pronuncie el nuestro?

Me aburren profundamente los escritores de sábado y de columnas para llenar los huecos de la página de un banco. Es terrible ver escribir a Renato Cisneros, con quien espero seguir cagándome de risa en cualquier momento, hablar de “discursos radicales” ¿En serio? ¿Lo dices porque al mega lobbysta del banco le acomoda que los escritores vayan por ahí sumándose a Tubino en su carga contra todo aquello que les parece radical?

El enemigo ha hecho todo lo posible para que quienes llenan páginas para pagarse las cuentas no piensen lo que dicen y se acomoden al discurso dominante donde la palabra “radical” es tan bien aceptada. Radical he sido en todos mis actos, y me siento orgulloso de serlo y de seguir a todo radical que no puede ni debe aceptar esta mierda controlada por oligopolios y oligofrénicos expertos en pagar por lo bajo para que sus cuentas funcionen, como está absolutamente demostrado en este momento.