Había una vez un muchacho

Había una vez un muchacho, cuya fe y la de su familia lo llevó a participar en una organización religiosa con la ilusión de convertirse en un defensor de su doctrina, un servidor de las causas sociales y un miembro de una colectividad en donde los valores y el amor al prójimo guiaran sus pasos.

Nunca imaginó que su confianza sería traicionada por el fundador de la organización y otros líderes religiosos, los que precisamente eran la cabeza de la organización, los “ejemplares”. Ganada la confianza usaron su poder para abusar sexualmente de él y de otros 35 muchachos.

Había una vez un niño, cuya familia vivía una situación adversa. Un día sus dificultades fueron compensadas con la oportunidad de estudiar en un colegio prestigioso, novedoso, alternativo a la mayoría de colegios del sistema educativo. Su director (otro hombre “ejemplar”) gozaba del reconocimiento del buen maestro.

La seguridad y la confianza no duraron mucho, cuando tenía diez años, el director abusó de él. No fue el único (porque los agresores sexuales nunca se conforman con una sola víctima), van 16 víctimas que han contado lo sucedido.

No son cuentos, son dos historias de horror de niños o adolescentes y en ambos casos, los abusadores gozan de poder, legitimidad, confianza y reconocimiento. Ambas son instituciones guiadas por valores, que buscan formar líderes cristianos comprometidos con su realidad, ambas han crecido bajo la confianza de miles de familias que han encomendado sus hijos para su formación. Lo que también tienen en común es que sus abusos han quedado impunes ante la ley.

Si las instituciones fueron o no cómplices de estos hechos, lo dirán las investigaciones. Después de todo, las personas hacen las instituciones y viceversa. Pero va a tener que pasar mucho tiempo para que una vez expulsados sus abusadores, recuperen la confianza de las familias.

¿Qué corresponde? Que el Ministerio Público abra una investigación de oficio contra Juan Borea por delitos contra el pudor. Que el fujimorismo deje de lado sus conveniencias y amistades con Luis Figari y el Sodalicio y asuma la causa de las 36 víctimas de abuso sexual.

No sería la primera ni la última vez que las comisiones parlamentarias investiguen delitos que han evidenciado la fragilidad de las instituciones y que necesitan marcar precedentes, además de acelerar el sistema de justicia para asegurar las sanciones que corresponden y reparar a las víctimas.

Urge que el Congreso apruebe una ley de imprescriptibilidad de delitos sexuales considerando como agravante casos en los cuales los funcionarios o líderes de instituciones públicas o privadas aprovechan de su condición y de su cargo para abusar de niños, niñas y adolescentes.

Si el fujimorismo no modifica su decisión, nos está diciendo que los niños que fueron abusados en el pasado y que están en riesgo en el presente no son su prioridad.¿Es así Señora Keiko Fujimori?

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