Guerrero herido

Lo sacaron 30 días de las canchas de un plumazo; y todo indica que lo peor está por venir. El hijo de doña Peta, el guerrero con tatuajes, el que nos llevó al repechaje, el que sudó nuestra camiseta todos los minutos y en todas las canchas, será expulsado del fútbol como máximo dos años.

Una sustancia prohibida metida en el cuerpo de Paolo Guerrero apareció en los exámenes antidoping luego del partido contra Argentina y que está por confirmarse los detalles. Guerrero tiene que defenderse.

La conmoción es grande. No jugará por su equipo brasileño Flamengo este domingo contra Gremio, no jugará por nosotros con Nueva Zelanda, ni allá ni acá.

El castigo para el culpable será siempre merecido; pero, francamente, duele que esto le esté pasando al más valiente de nuestros futbolistas.

Su castigo será, al parecer, enorme: No podrá jugar el Mundial por el que tanto ha peleado.

El cronista Miguel Ángel Farfán ha escrito: “No hay nada más poético que ir sin el héroe a la batalla final. Y ganarla”.

Aquel triunfo será también de Paolo, porque él sí se puso la camiseta, la tiene puesta, en su cuerpo tiene la franja tatuada. No es el Pizarro comodín ni oportunista. Es de los bravos. Ahora un bravo en el peor momento de toda su historia.

Claro, aún no está confirmado el doping; pero ya dice algo el castigo preventivo. Doña Peta dice que su hijo está tranquilo después de la noticia y que en 30 días se aclarará todo. Sería hermoso que doña Peta tuviera razón. De alguna manera, el Perú quiere creer en doña Peta. Quiere creer en el guerrero herido, en el guerrero fuera del entrenamiento, en Paolo Guerrero.