Fundamentos para luchar por una jornada laboral de cuatro horas

A menos horas de trabajo más tiempos libre, mayor libertad.

Lo que tenemos que hacer, para acabar de una vez por todas con este desquiciado estado de cosas, es reducir la jornada de trabajo en proporción al aumento de la productividad, estableciendo, para comenzar, una jornada mundial de trabajo de cuatro horas.

Cuando el capital no puede mantener sus ganancias, intenta contrarrestarla por diversos medios. Recurre a prolongar e intensificar las jornadas de trabajo, a precarizar el trabajo para reducir los costos laborales, a practicar despidos masivos y, finalmente, a especular en los mercados financieros.

La buena noticia, en medio de esta situación de la que pareciera que no tenemos escapatoria, es que hay una salida. La enfermedad es reversible, y el remedio está perfectamente al alcance de nuestras manos.

Actualmente, la gente sufre trabajando muchas horas por sueldo mísero.

Actualmente, la gente sufre trabajando muchas horas por sueldo mísero.

Lo que tenemos que hacer, para acabar de una vez por todas con este desquiciado estado de cosas, es reducir la jornada de trabajo en proporción al aumento de la productividad, estableciendo, para comenzar, una jornada mundial de trabajo de cuatro horas.

La jornada de cuatro horas vendría a compensar la enorme brecha acumulada en la última décadas, durante las cuales la productividad se ha más que duplicado, en tanto que las jornadas de trabajo, en lugar de recortarse, se han hecho más prolongadas.

La reducción de la jornada de trabajo tiene la virtud de contrarrestar la causa fundamental de los problemas de la economía: la caída de la tasa de ganancia.

Cuando una empresa introduce adelantos tecnológicos en su proceso de producción, esos adelantos ocasionan un aumento del llamado capital constante (maquinarias, patentes, edificios e insumos). Si acompañamos ese aumento con una disminución, estrictamente proporcional, de la jornada de trabajo, y compensamos dicha disminución de la jornada con un aumento, igualmente proporcional, del número de trabajadores, obtendremos entonces un aumento del capital variable, que está constituido por los salarios.

Traducidos en cifras, el mecanismo es así:

Si tenemos una capital constante (C) de 400, y realizamos una inversión en maquinarias nuevas, con el fin de aumentar la productividad, y como consecuencia de este aumento de capital constante se incrementa a 500, deberemos entonces disminuir la jornada de trabajo en la misma proporción. Tal disminución de la jornada significará, automáticamente, un incremento del número de trabajadores, puesto que la empresa se verá precisada a contratar más personal para suplir las horas que dejarán de laborarse. Si teníamos 100 trabajadores, ahora pasarán a ser 125 (y si el capital variable (V) era como 100, ahora será como 125).

Cuadro 1 Carlos Tóvar

Si el capital constante (C) ha aumentado en 25% (de 400 a 500), y el capital variable (V) ha aumentado, igualmente, en 25% (de 100 a 125), hemos mantenido entonces la proporción entre ambas partes del capital. En otras palabras, estamos anulando la causa de la caída de la tasa de ganancia. El cuadro I muestra la estabilización de la tasa de ganancia en 20%, cuando los incrementos del capital constante se acompañan con incrementos simultáneos, y proporcionables, del capital variable.

Otra ventaja en esta venturosa cadena de efectos positivos es que toda ella tiene costo cero.

Para establecer la jornada de cuatro horas no se necesita destinar cuantiosas sumas para la ayuda a los necesitados, ni elaborar onerosos y complicados estudios de factibilidad, ni diseñar sofisticados proyectos, ni hacer presupuestos, ni tampoco reclutar y capacitar a ejércitos de brigadistas que irán al campo, y todo ello para que, cuando el socorro llegue a los menesterosos, la mitad del dinero se haya gastado en el camino.

Se volverá a decir que nuestra propuesta sí tiene costo para las empresas, puesto que ellas verán incrementadas sus planillas. Pero la lógica y la experiencia histórica demuestran que ese temor es infundado.

Cada nuevo trabajador que se contrata es, al mismo tiempo, un nuevo consumidor. Al contratar nuevos empleados, las empresas están aumentando el mercado para sus propios productos.

Cada nuevo trabajador viene, pues, con sus pan bajo el brazo.

Dicho de otro modo, lo que habremos establecido con la reducción de la jornada laboral será un sistema de compensación entre los elementos de la producción, un mecanismo virtuoso que permite que todo adelanto tecnológico (que, como sabemos, ocasiona un incremento de productividad), se traduzca además, de manera exactamente proporcional, en jornadas más cortas de trabajo (es decir, en más descanso y tiempo libre para todos), en más empleo (ya dijimos que se contratará nuevo personal), y en una tasa de ganancia estable para las empresas.

Habla el viejo

Habla el viejo

Bastará con disponer, como una medida de alcance universal, la reducción de la jornada a cuatro horas, para que el aberrante estado actual de las cosas se revierta, y se ponga en marcha ese circuito virtuoso. Se producirá, como una reacción en cadena, toda la serie de beneficios que son el reverso exacto de los males que hoy nos afligen: tendremos pleno empleo, ganancias estables para las empresa, tiempo libre y una mejor calidad de vida para los ciudadanos y, como consecuencia de estas cosas, una disminución de la angustia y la inseguridad que empuja a la drogadicción, al pandillaje, a la delincuencia e incluso al terrorismo a vastos sectores de la población, principalmente joven.

Para que el nuevo y positivo impulso de bienestar que se va a generar sea perdurable, hará falta institucionalizar la reducción de la jornada como algo periódico y progresivo. Cada cierto tiempo (podría ser cada década) se medirá cuánto se ha incremento la productividad en ese lapso, y se dispondrá, de manera automática, una reducción equivalente, exactamente proporcional, de la jornada laboral.

Ello se hará para que los efectos beneficiosos de la reducción de la jornada no sean anulados por los nuevos aumentos de productividad (que, como es obvio, seguirán ocurriendo, debido al constante progreso de la técnica).

Pero estos reajustes sucesivos significarán, por cierto, nuevos beneficios para los seres humanos, el principal de los cuales es que podremos disfrutar de más tiempo libre cada vez. De este modo, y haciendo una estimación de incremento anual de la productividad de un dos por ciento, por ejemplo, en el plazo de 30 años, contados a partir de la conquista de las cuatro horas, la jornada de trabajo podría ser…¡de dos horas!

La reducción de la jornada laboral, además de soluciona la crisis mundial –lo que, por cierto, no es poco– resulta ser, entonces, la puerta de ingreso a una nueva fase en el progreso de la humanidad. Estamos hablando –nada más y nada menos– del comienzo de nuestra verdadera liberación. Ya no viviremos para trabajar, sino para ser ciudadanos libres, dueños de nuestro tiempo y, por ende, de nuestro destino.

Los actores potenciales de este cambio son los trabajadores del mundo, los ciudadanos de a pie, todos aquellos seres humanos que viven de la venta de su fuerza de trabajo, es decir, la fuerza más poderosa que existe en el planeta, el gigante dormido, el único capaz de revertir el estado actual de las cosas.

Para lograrlo, debemos vertebrar una movilización mundial orientada a culminar en la realización de una huelga mundial –totalmente pacífica y democrática, por supuesto– mediante la cual, en el lapso de pocos días o semanas, podremos obtener la jornada de cuatro horas, acompañada de un acuerdo para reducciones adicionales, sucesivas y periódicas, ajustadas a los aumentos futuros de la productividad..

La reducción de la jornada de trabajo tiene la virtud de ser una demanda concreta, tangible, comprensible para los trabajadores y factible de obtener. Conseguirla significaría poner a la economía al servicio de los seres humanos, en lugar de que continuemos siendo esclavos de ella.

Es la reivindicación clave para aglutinar, en torno a ella, la gran diversidad de demandas laborales, culturales, altermundialistas, ambientalistas, de género y de minorías, entendiendo que su consecución será una victoria de envergadura suficiente para cambiar por completo la correlación de fuerzas en el mundo, estableciendo un nuevo poder ciudadano sobre cuya base podrá lograrse una cadena de nuevas conquistas, orientadas todas ellas al advenimiento de una sociedad más libre y democrática.

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