Etnoracismo desfasado

Una curiosa pregunta sobre la identidad étnica introducida en el censo del fin de semana, demuestra la confusión e inconsistencia de sus autores. Sin ningún sustento serio, deciden que los peruanos andamos clasificados en siete etnias, de las cuales la mayoría son absolutas. Es decir, existiría una sola etnia quechua, una aimara, una mestiza y una blanca. Mientras que, sin rubor, sostienen que las amazónicas son diversas, pero sobre todo que habrían hasta cuatro de origen africano: negro, moreno, mulato, zambo.

Nadie entiende hasta ahora el propósito de tal “identificación” con sentimientos y costumbres improbables. Tal pregunta, de claro rezago colonial, dejó de aplicarse desde el censo de 1940, aún en plena influencia del terrible racismo que los nazis quisieron imponer totalitariamente a la humanidad.

En aquella época, los ideólogos nacional socialistas resucitaron las tipologías de Joseph de Gobineau, el diplomático francés que en el siglo XIX justificó el dominio colonial inventando la desigualdad racial. Los seguidores de Hitler, crearon toda una ideología de la “raza superior” proveniente de una inverificable raza aria.

Tras el final de la II Guerra Mundial, con los procesos de descolonización, la UNESCO concluyó, en rigurosas investigaciones multidisciplinarias, que el potencial para desarrollar altos niveles de vida civilizada, era igual en todas las sociedades.

El tema resurge en los noventa con la moda comunitarista. Afirman entonces que la pertenencia a una comunidad proporciona rasgos inmutables. La comunidad impregnaría una especie de sello indeleble.

De pronto, tales ideólogos olvidan la industrialización o la fase actual de intensificación de la globalización. Descartan incluso los permanentes movimientos migratorios a lo largo de la historia, que dan lugar a todo tipo de cruces y mezclas. Claude Dubar estudia con propiedad “La crisis de las identidades”, demostrando como éstas varían, mutan, se diversifican, con la interacción de procesos culturales, sociales, económicos.

De allí que el sujeto contemporáneo gestione una pluralidad de identidades, que modifica en el tiempo.