Está bien, vamos por tus carritos

Camino por las calles de Surco con mi sobrina Camila, de siete años de edad. Vamos a comprar un regalo para ella. Llegamos a una esquina peligrosa y debemos cruzar la avenida y le digo:

—La mano, Cami.

—¿Qué, tío, no sabes cruzar solito?

A veces creo que el humor de Cami es premeditado. Cierta tarde me dijo: “Tío, tú seguro eras muy renegón desde chiquito”.

—¿Por qué dices eso, Cami?

—Porque mi papá dice que si reniegas desde chiquito, cuando seas grande serás muy feo.

Para defenderme le contesté: “Veo que te pareces a tu padre”. “No, tío, los hermanos más. Además yo soy la niña más bonita del mundo. Si quiere, pregúntale a mi mamá”.

Hay un silencio extraño en estas calles de Surco y suena algo de manera constante. Un sonido que viene del piso.

—¿Qué es ese sonido, Cami?

—Ay, tío, son piedritas dentro del taco de su zapato. No le digo que los hermanos se parecen más. A mí papá siempre le pasa eso. Tiene varios pares de zapatos, pero siempre se pone el que tiene piedritas en el taco y no es capaz de sacarlas. El otro día, tío, se le había metido piedritas en el taco izquierdo y cuando estaba durmiendo…

—Ya sé, como buena hija, sacaste las piedritas.

—No, tío, puse piedritas en el zapato derecho. Es que, tío, los grandes tienen que aprender. Los hombres grandes son así: descuidados porque no escuchan a los más chicos.

—Ay, Cami. Vamos ya por tu regalo. ¿Qué te gustaría?

—Unos carritos con llantas muy grandes, tío.

—¡Carritos! ¿No quieres muñecas bonitas como tú?

—No. Yo quiero carritos, tío, porque de grande quiero manejar uno. Mi amiga tiene una mamá tonta.

—Cami, no hables así.

—Es que, tío, es muy tontita. Le dice a mi amiga que no juegue con carritos y ella maneja un carrazo.

—A veces pienso que los grandes debemos escuchar más a los pequeños.

—Y a las pequeñas, tío.

—Y las pequeñas, Cami.

—Entonces vamos por mis carritos.

—Está bien, vamos por tus carritos.