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Escuderos sin Quijote

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Los líderes políticos han tenido siempre un defensor, alguien que salga a responder los ataques de los rivales, los cuestionamientos de la prensa y convierta en positivo todo lo negativo de sus exabruptos o “patinadas”. Este papel de “ayayero” profesional recae por lo general en el “delfín del partido”, el “sucesor del jefe”, en el “joven líder carismático”, o simplemente, en quien mejor “labia” tenga y ganas de pelearse con medio mundo.

El patético papel de estos “defensores” del jefe fue caricaturizado bien por el desaparecido Augusto Polo Campos con su personaje “Piquichón”. Un leguleyo lambiscón con vocación de felpudo que era el “ayayero” y la “portátil” de ese otro personaje de la comicidad llamado “Camotillo, el tinterillo”, interpretado por el gran Tulio Loza. Y si de felpudos se trata, ahí está “Felpudini”, el “mil-oficios” de “El Jefecito”, aquel famoso sketch ochentero de Risas y Salsa, que graficaba muy bien la perversa relación entre un jefe y su subordinado, además, subordinado en todo el sentido de la palabra.

En el fondo, el “ayayero” tiene una secreta envidia hacia su jefe. Mira con codicia su poder, su cargo, su fortuna, su pareja y su suerte. Por ello, muchas veces en las grandes conspiraciones quien da la puñalada mortal al tiranuelo de turno es el pérfido “ayayero”; la traición viene de donde menos lo espera: del felpudo.

Reservada para la nobleza francesa a partir del siglo XIV, el “delfín” de Francia era el apelativo con el que se conocía al príncipe heredero o alguien muy importante en la sucesión de un cargo nobiliario. Se aplicó, además, por extensión al hijo único de una familia y al sucesor de un cargo importante. Más tarde, en la política moderna se usó para designar a una persona de confianza que un político u otra persona importante elige o apoya para que le suceda.

EL MORBO ES SU DIVISA
Por lo general el delfín suele ser el defensor del cargo o gestión de determinada autoridad y gracias a su liderazgo y ascendencia sobre la opinión pública logra traducir los mensajes de una autoridad. Pero en esta perversa “relación edípica” en que vive nuestra política local, la nobleza del delfín ha desaparecido por completo. Si apenas los nuevos “piquichones” llegan a matones con verborrea.

En nuestra cada vez más degradada aldea política se ha institucionalizado este rol de “escudero político”. Y hay que tener vocación de “Sancho Panza” para realmente defender al líder del partido (que para nada es un Quijote) o al Presidente. Ya sea un premier, un congresista, un ministro o sobre quien recaiga la vocería, el destino de ese rol, tarde o temprano, es la inmolación.

Durante el fujimorato el dictador prescindió del “sanchopancismo” porque no necesitaba algo así, con la prensa comprada y el siniestro Montesinos manejando los hilos del poder, casi nadie se atrevía a cuestionar nada. F

ue inmediatamente después que los molinos de viento cobraron vida; en plena democracia los medios y algunos “periodistas” se comportaron como si extrañaran las épocas de la salita del SIN. Se expectoró de la televisión y la radio a los mejores periodistas y comenzó a ejercerse el oficio de informar “sicariamente”. Desestabilizar y provocar ingobernabilidad era (y es) bien visto en la prensa, la frivolidad que se derrama revela que no existe ningún “afán fiscalizador”.

“GLORIA A FELPUDINI”
El poder dilapidatorio de los medios y una malentendida libertad de expresión, han contribuido grandemente a que hayan proliferado en estos años de postfujimorismo, “escuderos” y “ayayeros” políticos. Y fue el gobierno de Alejandro Toledo el más prolífico. El rol agresivo de la primera dama saliendo a defender al “cholo sano y sagrado” de cualquier cuestionamiento, o aquel engolado “chauchiller” que apenas si se hacía entender y finalmente, el ex Premier conocido como el “traductor” del Presidente. Todos ellos, se inmolaron, el fin del gobierno de la chacana, también fue el final de sus aspiraciones políticas.

La lección estaba aprendida, si quieres gobernar o hacer política, si no quieres chamuscarte, necesitas un buen pararrayos. Sabiendo esto, el naciente nacionalismo del Humala de polo rojo lanzó a un “panzer” al ruedo, un aspirante a congresista que insultaba, cuadraba a la prensa y disparaba ráfagas de palabras altisonantes apodado “Lisuratás”. Nuevo estilo de escudero a la altura de la agresiva prensa que defendía (y defiende) el modelo económico fujimorista. Pues, la ecuación va así: a más agresividad de la prensa, igual agresividad del escudero político.

El segundo gobierno de Alan García recibió el apoyo de esa prensa, pues representaba el “cambio responsable” y efectivamente, nada cambió. Los cuestionamientos y críticas venían más de sus adversarios políticos en el Congreso que de la prensa. Por eso, correspondía que los escuderos fueran parlamentarios y no ministros.

Dos de los más conspicuos congresistas apristas se han repartido hasta hoy el rol de defensores de García dejando atrás al ya pálido Jorge Del Castillo. Cuando hay que salir a gritar, adjetivar, insinuar, gritar lisuras y mentar la madre en Comisiones y hasta en el hemiciclo, han estado presentes y jugado bien su papel.

Quien no tuvo pasta de pararrayos, pero aprendió muy rápido fue la ex congresista y ex ministra nacionalista Ana Jara. Defensora de la “pareja presidencial” (“chapa” con la que Alan García sepultó al gobierno de Humala) Jara, muy correcta en sus modos siempre, también se inmoló hasta su censura en marzo del 2015. Porque todos los pararrayos políticos tienen fecha de caducidad.

¿Avengers o mutantes?
El nuevo fujimorismo ha “elevado la valla” al fusionar al agresivo troll con el clásico “ayayero”. En esta insufrible era de la Posverdad en donde mentir, trucar fotos, enlodar honras con absoluta impunidad se ha convertido en una especialidad digna de un sicario, parapetados detrás de un “inmunidad parlamentaria” vemos cómo se despachan en redes y frente a los medios “terruqueando” a quien no piense como ellos. Héctor Becerril es el epítome, la síntesis de ese “estilo político”.

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Casi 4 mil menores violentados en enero

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Violencia contra la mujer maltrato femenino

Solo en el mes de enero se han registrado 3,867 casos de violencia contra niños, niñas y adolescentes en todo el país, de los cuales 1,974 han sido contra menores de once años de los departamentos de Lima, Arequipa y Junín.

“Lo peor de estas cifras, es que no solo se trata de maltrato verbal, psicológico o económico, sino también de violencia sexual a niños, niñas y adolescentes”, señaló un especialista del Ministerio de Salud.

“En el mismo mes, la violencia física ha sumado 1,187 casos, la psicológica 1,874 casos y la económica ha sumado 13 casos, según información del portal del Ministerio de la Mujer”, indicó.

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Lima con más casos de violencia hacia menores

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Lima con más casos de violencia hacia menores

Los especialistas del Ministerio de la Mujer señalaron que Lima es el departamento con mayor incidencia de maltrato infantil con 795 casos en menores de 11 años, y 518 casos en menores entre los 12 y 17 años. Le sigue el departamento de Arequipa con un total de 381 casos, de los cuales 230 fueron cometidos contra menores de 11 años.

El tercer departamento con mayor registro de violencia contra menores es Junín con 169 casos en niños y niñas menores de 11 años, y 108 casos en menores entre los 12 y 17 años.

La violencia contra la niñez en el Perú ha estado siempre en ascenso. En 2004, las cifras no superaban los cinco mil casos reportados; en 2010 ya estaba encima de los 11 mil; en 2015 fue de 19,646; y en 2018 llegó a 41,809 caos de violencia contra menores de edad.

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Actualidad

La necesidad te enseña a correr antes que a caminar

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Jonathan Maicelo

Jonathan Maicelo nos habla sobre su niñez y actitud para salir adelante en un entorno hostil. Pide mayor promoción al deporte y a los 35 años todavía sueña con un título mundial.

Aunque no calce guantes ni se encuentre dentro de un ring, Jonathan Maicelo es siempre un luchador. Nacido en la zona más brava del Callao, se abrazó al boxeo como una auténtica tabla de salvación, y hoy promueve que cientos de niños y adolescentes encuentren en el deporte una motivación para alejarse de las drogas y la delincuencia.

—¿Cómo fue tu niñez en el barrio de San Judas?

—Yo crecí en este barrio, San Judas, que está dentro de lo que se conoce como los ‘Barracones’. Si bien es cierto que siempre se habla de lo peligroso que es el Callao, también sé que cada uno se hace solo.

Si quieres ser delincuente, serás delincuente al margen de donde vivas. Igual si decides salir adelante por tus propios méritos.

—¿Con quiénes vivías?

—Con mi mamá, mi abuela … y sesenta personas más. La pobreza hacía que viviéramos una familia tan grande en una casa de solo 150 m2. Pero tengo muy buenos recuerdos de mis tíos y primos, que gracias a Dios hoy son hombres de bien. Mi abuela nos inculcó eso, y a mí me decía que si me dejaba pegar en la calle ella me pegaría de nuevo por no saber defenderme.

—¿Recuerdas tu primera pelea?

—Siempre me he defendido de los abusivos. Porque en esa época no existía el bullying, pero abusivos han habido siempre. Así que tuve que aprender a defenderme. Mi primera pelea fue en el colegio, que quedaba ahí cerca del barrio. Vino uno más grande y me dijo “Oe sal de ahí, ese es mi sitio”. Y yo me preguntaba, ¿porque me voy a ir? ¿quién es este para sacarme ‘arrancado’? Tenía 7 u 8 años, esa fue mi primera pelea y desde ese momento me hice respetar.

—¿Aún ves a tus amigos de infancia?

—Poco, porque algunos están muertos, otros presos o sumidos en las drogas. Por suerte hay algunos que han salido adelante, aunque son la minoría.

—¿A qué edad fuiste consciente de que tenías que llevar un pan a la casa?

—A los 8 años ya tenía que trabajar para comprar mis útiles escolares. Me iba a vender ‘marcianos’ a las playas de Cantolao y La Punta, y lo hacía caminando para poder ahorrar el dinero del pasaje.

Los primeros días sentía mucha vergüenza, pero luego me saqué el miedo de encima y ofrecía mis ‘marcianos’ a los gritos. Eso me sirvió para perder la vergüenza y ser más entrador.

—¿Qué otros trabajos has tenido?

—También he trabajado en desalojos. Me pasaban la voz para cuidar que terrenos no sean invadidos, y entonces yo reclutaba a una gente en el Callao, me encargaba de pagarles y administrar todo el trabajo.

Por esa época ya representaba al Perú en torneos internacionales, pero tenía que hacer esos trabajos porque en la federación no pagaban mucho, y además nos debían dos o tres meses.

Jonathan Maicelo

—¿Quién te animó a boxear?

—Mis amigos del colegio. Ellos al ver que era buen peleador me decían que parecía que estaba boxeando, porque era muy quimboso. Entonces me animaron a ir a entrenar. Al comienzo no era tan disciplinado, tenía 13 años, iba y le pegaba al saco pero no lo veía como un deporte.

Pero el boxeo me encantaba y fue la burbuja donde me protegía de todo lo malo. Nunca pensé que con esto podía salir adelante.

—¿Y en casa tenías hinchas?

—Tenía un tío que no podía ir a verme por trabajo pero era fanático de este deporte, así que los sábados en casa nos sentábamos a ver “El rincón del box”. Era casi un ritual y así fuí aprendiendo también de las peleas, y a entender los sacrificios que debe tener un deportista.

—Algunos cuestionan al boxeo como deporte. ¿Qué valores has encontrado tú en él?

—Este deporte te da muchas cosas buenas. Primero, te da la actitud para hacerle frente a las adversidades, para que nadie te pase por encima, te da confianza y seguridad, y también te da la disciplina que luego es necesaria en otros planos de la vida. Además, te mantiene alejado de vicios que pueden arruinar tu vida.

—¿Es un deporte ingrato?

—Más que eso, creo que algunos deportistas no reciben lo que deberían por lo que le dieron al país. ‘Chiquito’ Rossel, por ejemplo, debería ser mucho más reconocido. Él le ha dado un título mundial al Perú, ¿y qué ha recibido a cambio? A Kina Malpartida sí le llegaron a dar alguna ayuda, fue por una cuestión más política.

También hace falta una promoción real del deporte, no basta con un tuit. La realidad es que los deportistas peruanos tenemos que trabajar en otras cosas y le quitamos horas de entrenamiento al deporte. Salvo que seas futbolista y entonces todos te van a ver hasta Rusia.

—Fuiste campeón latinoamericano el 2009. ¿Fue tu mejor año?

—No, porque después de eso he llegado a estar entre los mejores del mundo. Hace dos años llegué a ser el tercer boxeador mejor ubicado en la CMB y AMB. Ahora estoy a la espera de poder programar algunas peleas que me permitan tentar el título mundial.

—¿Sientes que participar en programas de TV le quitó un tiempo importante a tu carrera?

—Claro que sí, pero había que hacerlo. Porque ahí se ganaba buena plata y con eso pude financiar mis entrenamientos y peleas en Estados Unidos. Perdí siete meses de entrenamientos y sin pelear, pero fue un sacrificio necesario para luego poder viajar a entrenar en la ‘meca’ del boxeo.

—¿Qué significó ir a pelear a Estados Unidos?

—Eso fue como pasar del torneo de fútbol local a jugar en la Liga de España. El nivel de la competencia es mucho más fuerte y también las exigencias técnicas para los equipos son diferentes. Por ejemplo, estaba obligado a usar guantes con ciertas características, y eso no bajaba de 800 o mil dólares.

Pero tampoco me conformo con haber estado cerca de pelear un título mundial ni con haber peleado en el Madison Square Garden. Siempre uno debe intentar llegar a lo más alto.

—¿Tu pelea más difícil fue con el ruso Nugaev?

—He tenido muchas peleas difíciles, esa que mencionas solo fue una derrota. Sucedió que llegué a la pelea solo con 15 días de entrenamiento, y eso influye. Cuando subes al ring la confianza no es la misma si sabes que no te has entrenado correctamente.

—¿Los golpes más fuertes los recibiste fuera del ring?

—Puede ser, como todos. Siento que en el país he hecho más noticia cuando he perdido que cuando he ganado. Y he ganado mucho más, a boxeadores rankeados. Solo he tenido tres derrotas en mi carrera, pero cuando me tocó perder hasta memes me han sacado. ¿Por qué no me hacen memes cuando gano?

Gimnasios de Jonathan Maicelo

—Diriges un gimnasio y tienes un proyecto de ayuda social. ¿Cómo surgió esta idea?

—Hace tres años abrí un gimnasio con el fin de poder brindar una ayuda social a chicos de bajos recursos. Yo encontré en el deporte una actividad donde estaba protegido de los vicios y peligros de la calle. Y quiero que otros chicos tengan esa misma oportunidad. Que a través del deporte se alejen de las drogas y la delincuencia.

—¿A cuántos alumnos has ayudado?

—Ya hemos trabajado aproximadamente con 500 chicos, tanto en Fighther Club que fue el gimnasio que puse en Los Olivos, como el otro gimnasio (Fighther Fit) que abrimos en Pueblo Libre.

Los chicos me escriben por redes sociales y los animo a que nos visiten. Tenemos chicos desde los 8 años y algunos que vienen desde lugares alejados como San Juan de Miraflores. Y es necesario que tengan un guía.

—A los 35 años, con dos gimnasios y un restaurante, ¿todavía sueñas con ser campeón del mundo?

—Tengo la suerte de tener estos negocios que son el sostén de mi familia y será lo que le quede a mi hijo. Pero esa tranquilidad también me permite soñar. Yo sé que no voy a boxear toda la vida, pero siento que puedo pelear algo importante todavía y no solo sueño, sino que me estoy preparando para eso.

 

JOSÉ ALFREDO MADUEÑO

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