Entre la corrupción y la sospecha

La corrupción se ha convertido en un mal ubicuo y los que la denuncian o la detectan parecen conspiradores en busca de un culpable. O no son escuchados o son malamente atacados. Más aún cuando las instituciones llamadas a combatirla aparecen contaminadas con una cadena que podría llegar a los más altos niveles. Como sucedió con el fujimorato cuando la red judicial y la misma Fiscal de la Nación eran los capitostes encubridores de la corrupción. Guardando las distancias por supuesto.

Como lo acaba de decir Dilma Rousseff ante su Congreso, la corrupción afecta a toda la sociedad. Al igual que en las guerras, la población sufre los mayores daños aunque no siempre se vea tan claro. Por eso no se combate la impunidad como debe ser y la oleada de escándalos del 2014 lo estaría demostrando.

Cambiamos de año pero no de escándalos. Los del 2014 se prolongan y tienen asegurada larga vida por sus implicancias electorales. Hay resistencia del gobierno y de los partidos que tienen a sus máximos líderes involucrados. No les importa que la sospecha afecte ámbitos institucionales y de gobierno, que envenene la misma democracia con calumnias, acusaciones y defensas.

No son pocos los que piensan que la corrupción es inherente a la política peruana tal como el escándalo y el show lo son a su difusión mediática. Si esto es así no tendríamos salida. Vivimos de manera incompatible con la honestidad y todos los que llegan al poder son sospechosos que activan lindando con la desvergüenza y el delito. Por eso la política no es para la gente decente y la dejamos en manos de los vivos capaces de todo para enriquecerse y perpetuarse en el poder.

No hace falta remontarse demasiado para recordar que en el fujimorismo las instituciones copadas fueron claves para que la mafia continuara su tarea de desmoralización y destrucción de la confianza pública y de la democracia. Esa fue la fuerza maligna que permitió la magnitud del desastre. Sabemos que muchos que tuvieron relación con esas corruptelas hoy presumen de moralizadores cuando en su momento miraron para otro lado. Dejar que pasen como santos predicadores de la ética contradice el sentido elemental de justicia e impide avanzar en la lucha contra la corrupción que estamos viviendo.

Los jóvenes que ahora están en las calles han nacido después del 90 y pocos conocen lo que el país vivió durante el fujimontesinismo. Toda distorsión crece al amparo de la ignorancia y de la inercia permisiva. Debemos atacar la corrupción pero defendiendo las instituciones y la democracia. No toda la política puede ser sucia. Nos toca trabajar la memoria de lo que no queremos que se repita para no contribuir a que la desconfianza lesione por igual a la política y a la democracia. No caer en la trampa que nos ponen para volver a ser una sociedad desmoralizada y menos aún una adicta al drama que vuelve y vuelve sin remedio.