Entre el enojo y la pena

¿Cómo pudo hacerlo? ¿Acaso no es un hombre inteligente? Podría entenderlo si fuera uno de esos tipos de los cuales no se espera mucho. No es el caso. Es cierto que la primera vez que lo vi tenía una mirada extraña y una risa en la que la carcajada parecía ir a destiempo. Dentro de mí pensaba: tiene una nariz grande, roja, cierto extravío en los ojos.

De repente una bicicleta vieja y medio estropeada que no iba con su posición de educador, aunque sí con la de un personaje extravagante que quería simular espontaneidad y poco interés en las formas. La risa nerviosa, los ademanes arrítmicos.

Nunca entendí por qué pero pensaba que era español. Lo conocí hace mucho tiempo y asumí que compartíamos principios y pensamientos: mente abierta, decía. No éramos amigos ni nada cercano pero actuábamos como si hubiera afinidad y sincronía.

Después me olvidé de él. Era un tipo interesante en asuntos ligados a la educación y a mí me interesaba tratar con adolescentes y en ello coincidíamos sin expresarlo.

Estuvimos un día en la radio entrevistados por otro reconocido educador y luego ya no volví a verlo. Sabía de él por familiares cuyos hijos parecían disfrutar de sus peculiares ideas: llevarse a los chicos a su casa en una playa cercana durante las vacaciones.

Los jóvenes solo quieren hacer y que todo les salga bien, confiar en aquel que les abra las puertas y les haga sentir que pueden jugar todas sus fichas a ese juego que es vivir y perder el miedo: un adulto que los ampare como un súper padre que lo permite y lo tolera todo. En ese confían a muerte y lo defenderán a muerte.

Sin embargo, intuí algo raro: ¿quién hace eso?, me decía. No podía dejar de pensar que era muy difícil tanta liberalidad. Luego de ello escuché a padres hablar maravillas del personaje, encantados, porque también parecían caer en su influjo.

Hasta que la explosión hizo eco y todas las miradas esperanzadas de padres, colegas y amigos entraron en vértigo y estupor. Y lo expresaron con sorpresa, asco y rabia. Luego llegóun profundo silencio (luchaban para no creerlo, pero la ilusión estaba mortalmente herida).

La confianza, ese algo tan esencial para la entrega y la seguridad, en la misma ruta: quebrada, rota. Alguien levantó el grito de guerra y todo se vino abajo y tú, Juan, que solo cogías los pies de los chicos y te calmabas,empezaste a desvanecerte, a vivir la muerte de la verdad.

Sé que no tienes los alcances de ese que construyó un imperio para atraer a sus víctimas, doblegarlas en nombre de las santas escrituras y tener a la mano el perdón divino. Sé que no tienes el nivel de ese que pedía a su víctima autoestimularse para que ofreciera la impresión de complicidad y goce mutuo.

En eso eres distinto e igual: pecaste igual, dañaste igual. Y a igual daño, igual soledad. De esta última será muy difícil que escapes, Juan. No entiendo por qué, sin embargo, de algún lugar dentro de mí, además de enojo, brota pena, mucha pena.

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