En Collique le decían “El pajarito”

Edison “Oreja” Flores

Los primeros pasos del futbolista sensación del momento: Edison “Oreja” Flores.

Jugador de barrio. De las canchas de Collique, Comas. Pelotero de pampa, de arenal, de cerros y de cascajo. Sus piernas tuvieron que forjarse en dignos escenarios polvorientos, como los de Lolo Fernández y Héctor Chumpitaz.

Los amigos que tuvieron el privilegio de verlo trotar sobre la superficie de esos campos aún recuerdan sus potentes y bien direccionados disparos que colgaban a los arqueros, desde los campeonatos iniciales, con sus primeros equipos “Los Tigres Kids” y el “Central FC”, a partir de los nueve años de edad.

Pese a lo duro de esos terrenos, “El pajarito”, como le decían originalmente allí, por su perfil humilde y aspecto cohibido, se transformaba en coloso que sudaba la camiseta, metía la pierna fuerte y recuperaba el balón, buscando de inmediato las redes contrarias.

Edison Flores dio un salto con garrocha de la 5ta. zona de Collique a los ojos del fútbol internacional.

Edison Flores dio un salto con garrocha de la 5ta. zona de Collique a los ojos del fútbol internacional.

SUS CANCHAS
Iniciarse en las canchas de Collique: “San Pedro”, “Guadalupe”, “La Chancadora” “Oruro” y “La Bombonera”; lo prepararon física y mentalmente para trepar la cuesta que hoy es el sueño de los 30 millones de peruanos.

Casi todas ellas tienen la forma de plano inclinado (plano elevado, diríase mejor), propia de la geografía agreste del lugar. Con el agravante que “La Chancadora” tenía dos postes de luz, colocados absurdamente al centro del campo de juego, y donde muchos jugadores solían desnucarse al correr para ganar el balón o interceptar al rival.

Al concluir los intensos partidos, los jugadores pedían, legítimamente, gaseosas y, luego, algo de comer. Edison guardaba silencio. El silencio de los sabios y de los humildes. Había que ofrecerle e insistir para que beba agua. Si aceptaba algo de comer era el popular combinado: tallarines, chanfainita y cebiche, que se vende alrededor de las bulliciosas canchas. Es la sabrosa comida del pueblo.

En esos escenarios se hizo Edison “Oreja” Flores. Sobrio y pícaro jugador, cuya vida, desde sus inicios, está impregnada de tierra y ancestral peruanidad: Nació y creció en Collique (lugar donde se desarrolló antiguamente el Señorío de los “Collis”, pueblo guerrero y laborioso), vivió en la calle Cahuide, y se agigantó en el Atahualpa de Quito, donde hizo rugir al Perú entero, inflamándonos el pecho con una ilusión perdida hace 35 años.

De alcanzarse el sueño mundialista, podría decir como Julio César: veni, vidi, vici. Pero no, él no se envanece. Él no solo pisa la pelota, él pisa tierra. Pese a sus cinco goles que nos ponen en zona de clasificación y considerado por la FIFA el mejor jugador de la fecha 15 de la clasificatoria, e integrante del equipo ideal de la última, no se encandila con los elogios. Es disciplinado en la cancha y fuera de ella.

Cuida su envidiable físico. No anda en juergas ni con vedettes. Es el único del medio campo que no fue cambiado en las alturas de Quito y corrió los 90 minutos de juego, pese al despliegue realizado apoyando a Trauco en la defensa, salir jugando con Yotún y tejer paredes con Carrillo en la ofensiva.

Oreja Flores juega en el Aalborg de Dinamarca de donde, parece, será transferido a otra liga más competitiva.

Oreja Flores juega en el Aalborg de Dinamarca de donde, parece, será transferido a otra liga más competitiva.

SENTIDO TÁCTICO
Hombre de gran inteligencia emocional y sentido táctico. No juega para las tribunas. Nada de lujos, ni piruetas. Hace lo estrictamente necesario, siguiendo las órdenes de Gareca. Su talento aflora de manera natural, en el momento preciso, como cuando interceptó el balón y disparó por “la huacha” de Arboleda en la epopeya futbolística de Quito. No adopta pose de divo ni arreglos extravagantes.

Tiene en su palmarés haber sido campeón de la Copa Libertadores Sub 20 del 2011, con Universitario de Deportes; la experiencia de su paso por el Villarreal FC de España y su actual militancia en el Aalborg B.K. de Dinamarca, pero no se vanagloria.

Tiene la humildad de los pequeños que se agigantan en la cancha. La sencillez de César Cueto, del “Chorri” Palacios, el gesto tímido de Messi y, por qué no decirlo, la resolución de Zidane, en las definiciones de media distancia.

Aprovecha bien los espacios vacíos que le concede el rival y, sobre todo, explota los errores del adversario. Cuando tiene el balón lo oculta tan bien, que es difícil quitárselo (“lleva la pelota dentro del pie”, diría Eduardo Galeano).

No le quema la redonda, él quema a los rivales con ella. Su gran disparo, que lo distinguió desde niño, explica sus goles en estas eliminatorias, a Uruguay, Paraguay, Chile, Bolivia y Ecuador.

De conseguirse el objetivo supremo de Rusia 2018, Vladimir Putin y los rusos verán al Kasparov peruano en el tablero de juego: jugador de zurda privilegiada, pero con gran sentido estratégico, el temple, la parsimonia y agilidad que dan los neurotransmisores bien equilibrados.

Esto lo hace funcional y, lo más importante de todo lo dicho: juega para el equipo. Sabe que las grandes gestas de nuestra historia son producto del esfuerzo colectivo y del corazón puesto en el Perú.

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