Él y yo

Nos conocimos en el tiempo exacto y preciso. Cuando mis labios no conocían de ese sabor adictivo que me prodiga los suyos. En medio de una necesidad por calmar ciertas ansiedades que ya empezaba a experimentar mi ser.

Él es el Zeús que, proveniente del norte, domina mi Olimpo sureño. La robustez de sus brazos logra unir, en la intimidad de nuestro espacio, mi despedazado cuerpo cada que lo necesito. El negro azabache de sus cabellos ensortijados con los que juego me hacen superar, anecdóticamente, al más viejo de mis temores: la oscuridad.

La magia y encanto de su origen le hace profetizar la necesidad que tengo de disfrutarlo y tenerlo solo para mí. Y está ahí siempre, sin pretextos. En el gélido invierno, en el sofocante verano, en la templada primavera y en el melancólico otoño.

Con el tiempo hemos aprendido a disfrutarnos sin requisitos. Lo hacemos en el lugar que elijamos con plena autonomía y libertad. Cada encuentro es una fiesta de dos que forman una envidiable unidad.

Es de poco hablar, es cierto, pero en qué gran maestro de lo no verbal se ha convertido. Unas veces su fuerte aroma me invita a un improvisado acercamiento, otras, la temperatura de su cuerpo coincide con mis deseos. Me controla con un simple ‘no’ cuando mis excesos aparecen y solo hace que lo disfrute en un solo sorbo.

A la distancia, cierro mis ojos y lo imagino venir hacia mí, siempre decidido, derrochando gracia y garbo al caminar, con esa mirada penetrante de esos ojos rasgados, con esa sonrisa coqueta que me encanta y con esa fuerza para cobijarme una vez más.

Ya muchos me han alertado de nuestro romance, porque afirman que ya con otras tiene la misma historia. Me resisto a tan vil difamación. Sé que muchas mueren por él, pero estoy segura de que solo conmigo vive este amor que os acabo de narrar.

Así es mi romance diario y eterno con el café, bebida que es de muchos pero que solo yo lo disfruto con tamaña pasión e intensidad. Así lo imagino si llegara a ser humano.

Así te elegí aquella vez, cuando era menor de edad, así lo vuelvo a hacer ahora, en la madurez de mis días, y créeme que lo seguiré haciendo hasta que el último suspiro abandone mi cuerpo. ¡Cómo te amo, café!