¿El poder en las calles?

Para nadie es un secreto que el gobierno de Kuczynski está hundido en el descrédito y carece de respaldo ciudadano. La renuncia de muchos de los congresistas a su partido es la demostración de que se cae a pedazos. Paradójicamente, el único respaldo que le queda es el propio fujimorismo, cuyo norte es la corrupción, el estilo dictatorial, el culto por la impunidad y el estilo mafioso de hacer política. Está por verse si la ruptura interna ocasionada por Kenji Fujimori y su grupo fue simplemente parte de un ardid para alcanzar el indulto esperado y terminar sometiendo del todo a PPK.

El Perú ingresa a un escenario político y social complejo, cuyas consecuencias no están del todo claras. La legitimidad del Congreso está en cuestión y la correlación interna en movimiento y la crisis ronda por varios de los partidos que lo integran. En medio de esto, la calle podría adquirir un protagonismo determinante: la democracia se traslada al pueblo cuando las cúpulas del poder se encuentran en descomposición. Este es el aspecto fundamental para la solución de la crisis política, institucional y moral en la que nos encontramos. Pero también un factor para que los sectores corruptos, mafiosos y antidemocráticos se parapeten, para protegerse, recurriendo a métodos autoritarios, a la impunidad y al cinismo.

Pero este escenario se presenta como una oportunidad para modificar la correlación de fuerzas a favor del campo democrático, progresista y popular. Sin embargo, desde nuestro lado, el problema central a resolver está relacionado con la ausencia de una alternativa articulada en propuesta alternativa, en unidad y en organización.

La indignación, las movilizaciones y otras formas de protesta, es la levadura que puede producir un buen pan o que puede agotarse.

Es aquí donde una organización política debe demostrar su claridad de rumbo, la validez y oportunidad de su propuesta de Nuevo Curso, su fuerza argumental, su unidad, capacidad organizativa y de movilización.