El perú se lumpeniza

Muchas cosas brotan al espíritu tras la jornada del domingo. En primer lugar las positivas, el milagro que ha realizado la izquierda de resucitar, bajo el influjo de Verónika Mendoza, una mujer llena de virtudes y talentos, pero sobre todo de inteligencia política y de empatía humana, que en unas cuantas semanas ha logrado convencer a millones de peruanos que hay una izquierda civilizada y pensante, antiterrorista, democrática, que apuesta por una evolución decidida de nuestra sociedad, por un empeño que nos saque de una vez por todas del medioevo que nos enclaustra y nos condena.

Verónika no ha estado sola, por supuesto. El equipo que la rodea se ha mostrado a la altura del gran reto y ha dado muestras de una creatividad y versatilidad notables. El futuro debe contar con lo logrado por este grupo de gente formidable. La nueva izquierda peruana ya está aquí.

Pero también hay que hablar de lo malo, de los ribetes pavorosos que se desprenden de la jornada electoral, más allá incluso de la sospecha de fraude, que yo creo que hay que considerar.

Finalmente, lo que parecía simple vocinglería de chingana, trasladada a las redes sociales, se convirtió en una tremenda fuerza electoral que ha votado masiva y disciplinadamente por la heredera de la dictadura.

Las cohortes de cabilderos que la víspera insultaban y hasta amenazaban de muerte a sus oponentes en las redes, al amanecer de la jornada se han convertido en electores que imponen la voluntad de sus mandantes.

Así tenemos el otro milagro del día: el hecho de que el legislador más votado, en Lima, es el otro heredero de la satrapía, alguien que nunca brilló por su inteligencia política pero sí por sus oscuros negocios.

Para medio millón de votantes de Lima, el paradigma de político es este personaje que raya en la oligofrenia y anda muy cerca del delito. Y esto es porque el delito ya no es demérito para gran parte de nuestros compatriotas.

Los diez años de dictadura, y los gobiernos que antecedieron y sucedieron a la misma, con la excepción de Paniagua, han convencido a buena parte de los peruanos de que si los gobernantes son pillos y delincuentes tal vez habría que imitarlos.

De este modo, el Perú se lumpeniza cada vez más. Es un proceso que solo la nueva izquierda puede neutralizar. Esto porque el proceso de destrucción moral y cívica que implica la lumpenización de nuestra sociedad, no solo afecta a las masas pobres e ignorantes, sino también a la clase media y a la élite. Nuestra sociedad ve con buenos ojos el delito y hace lo necesario para protegerlo.

De esto solo nos puede librar una nueva generación de ciudadanos que no le hacen ascos a la política ni tienen miedo de que la caverna imperante los calumnie y los persiga. Ellos son los jóvenes que ahora acompañan en su histórico empeño a Verónika Mendoza. El futuro les pertenece. Yo voy con ellos.

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