El ocaso del antifujimorismo

Pedro Pablo Kuczynski y Keiko Fujimori

En términos electorales, el antifujimorismo ha sido el movimiento político más importante de la última década en el Perú. Los resultados de las dos últimas elecciones presidenciales no podrían entenderse sin considerarlo, así como tampoco podría entenderse de otra manera que alguien con tan poco arraigo popular como Pedro Pablo Kuczynski haya llegado alguna vez a la presidencia.

Más allá del rechazo a la figura de Alberto Fujimori y su entorno, el antifujimorismo también expresa malestar frente la corrupción y violación de derechos básicos que representó su régimen, y de los cuales nunca han deslindado convincentemente sus allegados y herederos políticos. También es un rechazo a la posibilidad de liberarlo antes de tiempo de la condena que cumple por graves delitos.

Las últimas semanas nos han confirmado muy visiblemente que las figuras que llegaron al poder gracias a la fuerza del antifujimorismo no solo no han estado libres de estos males, sino que incluso no tienen problema en asociarse con elementos del fujimorismo. Mientras Kuczynski mandaba saludos a Fujimori, pactaba con la mayoría parlamentaria, y anunciaba que se estaba considerando el indulto al expresidente preso, su antecesor, Humala (en prisión preventiva por acusaciones de corrupción), anunciaba que él y su esposa estaban contratando como abogado a César Nakazaki, el mismo que defendió a Fujimori. Este no solo fue abogado de Fujimori hasta 2013, sino que siempre ha mostrado su simpatía con el régimen de los 90 y hasta este año ha publicado notas en favor del indulto al expresidente, afirmando que la “condena por lesa humanidad … fue un invento político y mediático” (El Comercio, mayo 2017).

No hay cifras acerca del grado de decepción o desilusión de quienes votaron por estas figuras para evitar que los males y las caras asociadas con el fujimorismo regresen. Pero la escasa convocatoria de las últimas actividades en contra del indulto, auspiciadas por el movimiento No a Keiko y otros, sería un buen indicador. No parece probable que la causa antifujimorista vuelva a tener la fuerza que tuvo a la hora de votar, cuando es evidente para los millones que la compartieron que los presidentes elegidos terminaron siendo demasiado cercanos a los vicios y personajes del fujimorismo.

El aparente consenso político que está encarnado en el nuevo gabinete, y que involucra a todo el centro y derecha políticas (incluido el fujimorismo), sugiere que en los próximos años seguirá siendo difícil ver qué se ganó votando por el “mal menor”.

Quienes quieran garantías de distancia del fujimorismo seguramente empezarán a optar por alternativas más propositivas, aún cuando sus posibilidades de éxito se vean remotas, y luego abstenerse de elegir si ven que no hay una opción de cambio real en segunda vuelta. Por ahora, es evidente el malestar de quienes votaron estratégicamente al ver que solo han logrado colocar más de lo mismo en el poder, sean sus apellidos Fujimori o no.