El nombre ¿es lo de menos?

El nombre ¿es lo de menos?

El lingüista español José Antonio Millán escribió hace unos días en El País (03/02/15) un artículo titulado “El nombre del partido”. Millán sostiene que “Da la impresión que las denominaciones sólidas de los partidos políticos del pasado están perdiendo fuerza, junto con el desdibujamiento de las ideologías que los sustentaban”. Para él “Están lejos los tiempos en que podía existir un Partido Comunista Marxista-Leninista Pensamiento Mao Tse Tung”.

Un buen ejemplo de ello es el partido u organización española Podemos. En realidad la palabra podemos, por sí sola, significa la voluntad de hacer posible algo. Y aunque la pregunta podría ser qué puede hacer Podemos, queda claro que los partidos u organizaciones políticas —hoy incluso los llaman “el instrumento”, como en Bolivia— rehúyen definirse a partir del nombre, como señala Millán.

La gran mayoría de ellos ya no convocan a sus potenciales o posibles militantes a compartir una ideología como se puede desprender del ya nombrado y famoso partido Marxista-Leninista Pensamiento Mao Tse Tung, sino a una acción o a un quehacer; o a la defensa de algo superior donde caben diversas ideologías; o a formas de agrupación que poco tienen que ver con ideologías y sí, más bien, con militancias ciudadanas o vecinales.

Y aunque en América Latina existen partidos que convocan a compartir una ideología o a la identificación con una clase —el Partido Socialista de Chile, el Partido de los Trabajadores de Brasil o el Partido de la Revolución Democrática de México—, o que se sienten parte de una vieja tradición política —el Partido Liberal y el Conservador en Colombia o el Blanco y el Colorado en Uruguay—; hay otros partidos que no están, como se dice, en esa onda o camino.

Un buen ejemplo es el movimiento de Rafael Correa llamado Alianza País y que lleva como una especie de subtítulo Patria Altiva y Soberana. También se puede citar el Frente por la Victoria en Argentina o el Polo Democrático en Colombia.

Sin embargo, tengo la impresión que es en el Perú donde hay mayor proliferación de estos partidos o movimientos que rehúyen identificarse con una ideología o con una clase social. Con la excepción de los viejos partidos como la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), Acción Popular (AP), el Partido Popular Cristiano (PPC) o los viejos partidos de la izquierda como los comunistas o socialistas, es claro que las nuevas organizaciones políticas no siguen este canon, especialmente después del año 1990.

El fujimorismo es el mejor ejemplo. Se inició con Cambio 90 y luego lo ha variado en ocho oportunidades: Cambio 95, Nueva Mayoría, Vamos Vecino, Sí Cumple, Perú 2000, Alianza para el Futuro, Fuerza 2011 y, el último, Fuerza Popular. También podemos citar a otros como Obras, Unión por el Perú (UPP), Somos Perú, a Alianza para el Progreso de César Acuña, al Partido Orden del expepecista Antero Flores Araoz. Y en las regiones encontramos Tumbes Bello, Arequipa Tradición y Futuro, Sentimiento Amazonense, Junín Sostenible por su Gente, etc.

Se puede argumentar que Somos Perú o Alianza para el Progreso intentan representar a todos los peruanos más allá de ideologías o de clases sociales, o también a la idea de un progreso que no hace distinciones, pero estas definiciones son tan imprecisas como los nombres de las anteriormente mencionadas.

Por otro lado, podemos decir que el carácter gaseoso de estas organizaciones esconden que la mayoría de ellas o pertenecen o están ligadas a familias (Fujimori, Andrade) o tienen “dueño” (Acuña) y que, por lo tanto, es discutible su definición como el nombre del partido. Y si bien ello es real, la pregunta inmediata es ¿por qué huyen de las ideologías o de representar a clases o grupos sociales?

Las razones de esta situación, que ya tiene tiempo en el país, son varias, como lo han demostrado diversos estudios. Las crisis de las llamadas grandes ideologías, el advenimiento de lo que muchos llaman la postpolítica, donde interesan más la audiencias que los sectores sociales; las normas electorales confusas que promueven la proliferación de listas y movimientos, acompañadas de un escaso control o fiscalización de estos “partidos” o tendencias; la ausencia de un sistema de partidos políticos y existencia de partidos débiles con escaso enraizamiento nacional; la incapacidad del sistema democrático de canalizar los conflictos; la alta informalidad política; todo ello configura la crisis de representación y representatividad en el país que alienta y promueve esta situación.

Sin embargo, hay tres hechos que nos podrían ayudar a enriquecer estas reflexiones: a) la ausencia de una mayoría política que reordene el país y cree un nuevo escenario político; b) la pérdida creciente y sostenida de poder por parte de los políticos y de la política misma por el fortalecimiento de los poderes fácticos en su control del Estado, y c) un modelo económico que, más allá del crecimiento de estos años, profundiza las desigualdades y no crea certidumbre y menos aún fuentes estables de trabajo, lo que acentúa la informalidad y la anomía social.

Lo que se tiene, en este marco, es que al conjunto de agrupaciones no les interesa construir una mayoría política en el país porque sus objetivos son otros, defender el control del Estado en manos de intereses particulares o, simplemente, enriquecerse, como vemos en estos días.

La corrupción es un signo evidente de un Estado capturado por poderes fácticos que convive funcionalmente con un sistema político débil e incapaz de controlar y fiscalizar a los actores de la descomposición de las diferentes instancias de gobierno.

En este contexto, la multiplicación de partidos y políticos es la demostración que son simples adornos con nombres distintos, muchos de ellos arbitrarios y hasta folklóricos, de un sistema en el cual el epicentro de la política y del poder real no está en el juego de estas minorías políticas.

Por eso plantear la construcción de una mayoría que sea expresión de una voluntad de cambio es hacer política en serio y la mejor manera de fortalecer nuestra debilitada democracia.

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