“El Niño” y los niños

En 1998 llovió tanto que se produjeron varios huaicos que se llevaron el puente Huaycoloro, arruinaron las viviendas precarias y las escasas pertenencias de los vecinos y el comedor popular Virgen de las Mercedes en la zona de Campoy en San Juan de Lurigancho. Asimismo, en el Asentamiento Humano Santa María, los huaicos arrasaron varias viviendas (mucho más precarias que hoy), los silos arruinados, los caminos de aguateros inservibles. Por aquel entonces, tuve la oportunidad de trabajar en un pequeño proyecto de emergencia con INCAFAM, una ONG local que respondió rápidamente ante la situación.

Con pocos miles de dólares de la cooperación internacional se instalaron letrinas, depósitos de agua, reparación de techos, sembrado de árboles como muros de contención naturales en las partes altas, se formaron mujeres brigadistas capacitadas por los bomberos del distrito y con equipamiento para intervenir en casos similares. Los niños y niñas, como siempre los más afectados, también eran los más entusiastas, participando en todas las acciones. Estoy segura que esa iniciativa contribuyó como tantas otras que realizan la sociedad civil y los gobiernos locales. Lo cierto es que llega El Niño débil o fuerte otra vez y la vulnerabilidad en la que viven miles de familias en Lima y otros lugares del país queda expuesta y desnuda, con la consiguiente pena general, sobre todo ahora que gracias a la cámara de cualquier celular podemos ser testigos de los hechos en tiempo real. Pena y más pena.

Casas arruinadas, servicios públicos y negocios dañados, vías colapsadas, insalubridad extendida, horas hombre perdidas y los mea culpa de los gobernantes. La misma historia solo que en un escenario algo distinto, con un centro comercial cerca, con más escaleras amarillas, asentamientos asfaltados con callecitas mejoradas, más cemento. Sí, pues, signos aparentes de modernidad, un progreso simplón y hueco diría yo.

Lima sigue y seguirá creciendo, no se ha detenido ni en los tiempos de bonanza, menos ahora. No necesitamos impedir la migración al estilo Trump, lo que necesitamos es desarrollo de verdad, oportunidades para que cualquier familia pobre no pierda todo lo que tiene porque tuvo que migrar y terminar viviendo en la falda de un cerro o a lado de un río desprotegido y en abandono. La vida puede ser mejor para todos, la vida puede ser digna si pensamos en clave de humanidad y desarrollo sostenible. Nuestros niños merecen mucho más que lodo y piedras en medio de su sala, agua sucia e infecciones en su piel. Cuánto más hay que esperar para que nuestra Municipalidad de Lima invierta en un ordenamiento territorial en la ciudad, en educación para la prevención, en mantenimiento y cuidado de nuestros recursos, en protección de la población más vulnerable. ¿Hasta cuándo?