El niño en la mira

En estos días ha primado la imagen del niño como víctima. Sobre todo a raíz de la violación y el crimen en San Juan de Lurigancho, perpetrado por César Alva Mendoza, el repulsivo sujeto para quien muchos piden pena de muerte, cosa que no existe en el Perú, aunque sí cadena perpetua.

Junto con ese caso espeluznante se ha difundido en los medios la tragedia de una pequeña de once años, golpeada a latigazos por su padre. También este es un crimen que merece ser expuesto y castigado con severidad.

El maltrato a los niños deja huellas físicas pero las huellas psicológicas son sumamente graves. Son un hábito corriente en el Perú. Hace cuarenta años en un incidente de tránsito pedí al policía que examinó el episodio, que se tomara el testimonio de mis menores hijos que viajaban conmigo. El guardián del orden fue terminante: “los niños no tienen derecho”.

Toda una cultura, una visión de la sociedad se refleja en esa frase despectiva con respecto a los niños.

Una frase hecha asegura que el niño es la esperanza del futuro. Depende. Nadie sabe qué tristeza, qué cólera, anida en el corazón y la memoria de un niño o una niña maltratados. Nadie puede calcular de la herida que sufre un pequeño azotado.

Un niño es un ser delicado que piensa, que sueña y que, además, ríe y juega “con la seriedad que ponen los niños en sus juegos”, dijo Nietzsche.

Guardo en mi mente dos escenas de maltrato callejero a niños. Una la viví en Moscú en los años sesenta: un padre de unos 30 años seguía, látigo en mano, a un niño. Se armó un escándalo y se congregó una multitud para condenar al padre iracundo. Después se supo que era un argentino. No digo que no había en Rusia otros padres golpeadores; pero es evidente que un principio del socialismo soviético era la protección del niño.

El otro caso, ocurrido en Alemania, me lo refiere un testigo peruano, un padre perseguía a su vástago para fustigarlo. Se descubrió que era un gitano.

Sí, señores: un niño es un ser delicado que piensa, sueña y juega. Y tiene memoria.