El goce de lo trágico

La ballena azul: Los jóvenes suelen tener una vocación autodestructiva

“La ballena azul” fue uno de sus inventos pero no el último. Fue sustituido por “El abecedario del diablo” cuando se puso en evidencia que llevó a la muerte a algunos.

Qué enorme capacidad para la inventiva y la autodestructividad tienen los adolescentes y los jóvenes. Son reactivos ante el aburrimiento o cualquier amenaza, y desarrollan una peculiar imaginación para evitarlo. Es curioso que en sus soluciones se junten el miedo y el deseo, y luego den paso a la fantasía de que pueden desafiarlo todo con el resultado de que todo lo pueden. La gran peculiaridad es que casi siempre terminan disociados, escondiendo el miedo y dejando la idea de que, vivamente, se desea… aquello que se teme: lo que nunca confiesan.

“La ballena azul” fue uno de sus inventos pero no el último. Fue sustituido por “El abecedario del diablo” cuando se puso en evidencia que llevó a la muerte a algunos. Se han moderado con el segundo juego porque si bien no hay riesgo de muerte a la vista, sí hay sufrimiento. Ocurre mientras transcurre el proceso. Y cuando termina, cuando lo cumplen, parecen alcanzar el mejor de los orgasmos y entonces quieren volver a repetirlo o pasar a uno más complejo. Algo así como los juegos de estrategia ofrecidos en internet: basta lograr el objetivo —de manera individual o colectiva— para sentir que han resuelto un gran problema de vida y que ya están preparados para todo, aunque ni siquiera hayan salido de casa.

No es tan legible el porqué de estos juegos pero son más que preocupantes. Desde que se hicieron públicos —hace ya unos 20 años— han producido muertes. Quiero entender las motivaciones de fondo. Observo la actitud de esos chicos que esperan la llegada de un tren y se tiran bajo los rieles al momento en que se aproxima, o el de aquellos que se cuelgan de los edificios más altos para tomarse un selfie, y no dejo de pensar en lo loco y desconcertante que es todo eso.

Aunque uno de ellos decía: “Para mí es una manera de hacer acrobacias arriesgándonos nosotros mismos en el puente de una manera heroica”. Una de las clave aquí es el de “una manera heroica” que parece ligarse a una imagen externa (prestigio-poder) y, sobre todo, a un heroísmo del que, se deduce, es capaz de todo. Es hasta capaz de no entender, o de no importarle nada con tal de superar el riesgo (incluso de muerte) que los hace sentir invulnerables. Algo así como el síndrome de “ser Dios”.

Nótese este síndrome señalado en ese particular juego que practicaban hace un tiempo: se ataban una corbata o una soga al cuello y el otro extremo lo anudaban a la manija de una puerta. Previamente hacían varios nudos en la cuerda que, a medida que iban cayendo, se desatarían experimentando una fuerte sensación de asfixia que podía terminar liberándolos, o llevándolos a la muerte.

No solo me pregunto el por qué sino también el para qué estos chicos se colocan en estas dolorosas fronteras: ese espacio riesgoso donde lo que más se teme —la muerte—, es algo que ellos desafían gozosos, aunque no siempre se den cuenta y crean disfrutarlo.

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