El centauro de los llanos venezolanos

Páez es uno de los héroes más protagónicos de la independencia americana. Fue un niño pobre, general y presidente.

Fue José Antonio Páez acaso el más longevo de los próceres de la independencia de América Latina: muere a los 84 años.

“Murió pobre, emigrado de su país natal, del suelo que libertó con su pujante lanza, con el fuego de su corazón y con la energía de su espíritu ardiente como el sol que baña los inmensos llanos que fueron la cuna de este ilustre campeón de la independencia americana; como si la Providencia hubiese querido recibirle en su seno maternal, en los momentos de su muerte, en la misma condición humilde y sencilla en que le dio el soplo de vida en la ignota y pobre villa de Araure…”.

La cita corresponde a cómo informó un artículo de la prensa estadounidense sobre la muerte del general José Antonio Páez, ocurrida en Nueva York, para más señas en la Calle 20 del Este, Nº 42, a las 7.45 de la mañana de un frío martes de mayo de 1873.No figura el autor de la nota periodística ni el medio del cual el biógrafo Tomás Michelena —cuyo libro revisé— extrae el artículo en cuestión, pero ese simple párrafo, reseñado por varios articulistas cuando de homenajear a Páez se trata, deja ver a resumidas cuentas lo que fue la vida del personaje: el hombre pobre que se hizo a punta de lanza y bravura, y que llegó a estar entre los más encumbrados próceres del continente.

Fue José Antonio Páez acaso el más longevo de los próceres de la independencia de América Latina: muere a los 84 años. Precisamente esta larga e intensa existencia le permitió una vida cargada de aventuras, éxitos y desgracias; así como de condecoraciones y títulos. De niño pobre, a jinete, ganadero y lancero, y más tarde a general. Dos veces presidente de Venezuela, una vez dictador. Además de aficionado a cantar canciones andaluzas, llegando incluso a escribir un libro de música.

Páez fue sin duda un hombre de muchos universos y de contradicciones, si se quiere un arquetípico caudillo de las Independencias latinoamericanas. Su actuación fue crucial para derrotar al general Pablo Morrillo, “El Pacificador”, enviado por la Corona española con una espectacular expedición militar (10,642 hombres, buques mercantes, fragatas de guerra y navíos ligeros) para sofocar a los sublevados de Simón Bolívar. Escribe el historiador norteamericano David Bushnell que, hacia 1816, «Concluyó el general Morrillo que era Páez aún más peligros que Bolívar para la causa del rey…».

Tras el Armisticio de Santa Ana, donde el general realista tuvo que llegar a un acuerdo con Bolívar para detener la “guerra a muerte” y reconocer el enfrentamiento con un “Estado”, como fue ya declarado y creado para ese entonces el de Colombia (o la Gran Colombia), el rey le reclama a su general que cómo es que él —Morrillo— el vencedor de los ejércitos napoleónicos en Bailén, un héroe de guerra, había podido ser derrotado por unos salvajes. A ello, Morrillo le responde: “Majestad, dadme un Páez y 100,000 llaneros del Apure y pondré a toda Europa a sus pies”.

José Antonio Páez

LA MEMORIA NO ES LA HISTORIA
En efecto, si alguien señoreaba y comandaba en los llanos venezolanos, ese era el general José Antonio Páez. Su teatro de operaciones y de sus mil lanceros (cifra promedio en sus mejores momentos, ya que solían ser menos) eran los llanos adyacentes de Nueva Granada y las pampas de Venezuela, espacio que Morrillo no había podido “reconquistar”. Hasta allí envío El Libertador al general Arismendi, su aliado, para conseguir la adhesión de Páez. Sabía Bolívar, con la experiencia que le habían dado tanto las varias victorias como las muchas derrotas, que la sublevación tenía que tener esta vez un tinte más popular —con rostros más oscuros—, y caudillos recios como Páez, venerados por sus seguidores (hombres de la pampa, negros, pardos, indios, etc.), alejados de las comodidades de los criollos adinerados, le serían necesarios en ese cuarto intento de liberación del suelo americano.

Con justicia Páez fue llamado de diversas formas: “El Caudillo de los Llanos venezolanos”, “El león de Payara”, “El Rey de los Araguatos”, “El Taita”, “El ciudadano esclarecido”, y tal vez, la que más lo retrataba: “El Centauro de los llanos”.

Pero Páez no solo fue un político de muchas millas. Es técnicamente con él con quien nace Venezuela como tal tras la disolución de la Gran Colombia en 1830. Tras el levantamiento que dirigió en la ciudad de Valencia, conocido como “La Cosiata”, en 1826, Páez inicia el proceso de desmembración de Venezuela de la Gran Colombia, frustrando así el sueño de Bolívar. 180 años después, el propio finado presidente Hugo Chávez seguiría acusando al antiguo héroe de traidor. “Voy a quitar a Páez de mi despacho. No voy a destruir la obra porque es de Tito Salas, pero no merece estar en el despacho presidencial junto con Bolívar y Sucre, fue un traidor”, declaró el difunto mandatario en octubre de 2006.

Sobre el quehacer político de Páez hay muchos desencuentros y opiniones que han corrido al paso del tiempo. Solo quiero dejar una frase de Antonio García sobre esa faceta de Páez: “La otra cara —la del caudillo en la paz y en el gobierno— nada tiene de heroica ni de singular”. Fue, pues, su terrorífico valor en los campos de batalla lo que lo distinguió de entre sus contemporáneos. Valor que se llevó incluso al más allá. La podredumbre de la muerte no puede aún corromper su cadáver. La leyenda de su legendaria vida existe en cuerpo e historia.